| REFLEXIONES | ||
| Salvador Navarro |
LA vida es
como un relámpago producido por el choque de dos nubes cargadas de electricidad.
La duración de la luz son unos instantes para después quedar en tinieblas.
A veces sólo percibimos el ruido majestuoso del trueno y después el
silencio.
Cuando miramos
hacia nuestro pasado, el efecto que nos produce es como el de un relámpago,
porque los años vividos parecen segundos y los sucesos acaecidos como
simples aristas de una superficie plana.
Decir que
la vida es un proyecto espacial en el tiempo, no es más que esbozar
una teoría que no llevamos a la realidad, porque si así fuera, podríamos
comprobar que la verdad es exactamente el cumplimiento de esta ley cósmica.
Proyectar
significa crear una imagen en un espacio-tiempo para después desarrollarla
desde la causa hasta el efecto, cumpliendo la idea del creador. Generalmente,
el resultado que obtenemos suele ser muy parecido al del niño que hace
aviones de papel y al lanzarlos al espacio caen en picado o apenas comienzan
a volar, se desploman.
Para un padre
o para un maestro, el significado es igual, tanto en cantidad como en
calidad; hijos o alumnos, o caen en picado o tienen el vuelo tan efímero,
que nada más desplegar las alas, caen verticalmente en el vacío. Pero
la Vida es incansable y está continuamente creando con la esperanza
de que alguna vez las nubes, el relámpago y el rayo, tengan la continuidad
que ella busca.
Las nubes
actúan como los dos polos -negativo-positivo
- que crean la vida; el relámpago y el rayo son los dos efectos
que producen las nubes en el tiempo: el primero crea una luz efímera
y el segundo junto con la misma luz crea un efecto devastador quemando
todo cuanto se encuentra a su paso. El hombre, o es rayo que destruye
o luz fugaz de relámpago. Cuando consigue mantener esa luz en el tiempo,
la humanidad avanza porque se comienza a ver el camino. Después que
la luz cesa de alumbrar, los hombres giran en la oscuridad mirando hacia
arriba esperando . . . .
esperando . . . . . .
_
La independencia
lleva aneja una pérdida de poder y tal vez esa sea la más fuerte lección
de la existencia, en la que coexistimos con otras personas en distintos
niveles de consciencia, donde atracciones y repulsiones están constantemente
en lucha. Donde el control hipnótico es empleado por religiosos y políticos,
por el país, por las personas que nos quieren, por los amigos y nuestros
educadores. Donde la sugestión, bajo la forma de consejos amigables
y una multitud de “críticos” persuaden e influencian nuestros sentimientos,
creando el miedo y la duda. Aquello que, por naturaleza es independiente,
se transforma en dependencia, especialmente de la autoridad y de figuras
exteriores. En el momento que nos apartamos de nuestro Yo interno, de
nuestra conciencia, renunciamos a nuestro poder y lo entregamos a otros.
CONTARÉ una
historia sobre un rey que dictó una ley obligando a todos los ciudadanos
a asistir diariamente a cinco
oraciones en los templos de su reino. En aquella ciudad vivía un sabio
ignorado por todos, porque vivía en soledad. El sabio recibió la orden
como los demás, pero olvidó o no pensó más en ella y así no apareció
en ningún lugar de oración. La policía fue a buscarlo y lo llevó al
templo. El sabio fue de buena voluntad y se juntó con los demás fieles.
Cuando el sacerdote comenzó a recitar las oraciones, el sabio se marchó.
La policía fue tras él y lo llevó ante el juez. No solamente violaba
la ley, sino que perturbaba a los demás ciudadanos. El sabio preguntó
al juez si sabía lo que deseaba el sacerdote que dirigía el ritual y
el juez respondió: “La religión enseña que los pensamientos de los fieles
deben unificarse con el pensamiento del sacerdote en el momento de la
oración”. “Pues eso fue lo que hice”, dijo el sabio. “El sacerdote pensaba
en su casa, porque había olvidado las llaves. Y yo corrí hacia su casa
para traerlas y entregárselas”. Por fin descubrieron lo que realmente
había pasado. Este gran sabio podía leer lo que pasaba en la mente de
los otros.
Ser religioso
o piadoso, no es precisamente ser espiritual. Eso es algo muy diferente
de lo que llamamos un devoto.
La cuestión
es como proceder con nuestra vida interior. La vida se puede dividir
en dos partes: una que abarca nuestras necesidades sociales, como el
trabajo y la adquisición de bienes y servicios. La otra parte es la
conclusión a que llegamos de que existe algo más allá de la vida humana.
Saber que hay un elevado ideal, una felicidad mayor, un conocimiento
más profundo de la vida y una paz mucho más intensa y eterna. Es admitir
que existe otra vida. Al hablar de vida interior no me refiero a una
vida religiosa, porque una persona puede ser mundana y religiosa a un
tiempo.
Espiritualmente,
el camino es difícil, duro, porque no hay facilidades de locomoción.
Es un viaje a pie, lo que cambia el carácter de todo. No hay equipamiento,
y hemos de atravesar bosques como el del inconsciente, ríos de lava
como el de las pasiones, montañas como las del orgullo. Es un camino
lleno de dificultades.
No hemos
de llevar fardos innecesarios, como libros o filosofías. Hemos de renunciar
a muchas cosas que nos han dicho son necesarias... Hacemos de nuestra
vida, inconscientemente, una vida excesivamente pesada. Aunque exteriormente
ella no parezca ser difícil, cuando comenzamos el camino interior nos
damos cuenta de que no es así. Son pequeñas cosas que ni notaríamos
en la vida cotidiana. Cada vez más nos acostumbramos a vivir confortablemente,
cada vez menos tolerantes con los que nos rodean, cada vez más sensible
a lo que no está de acuerdo con nosotros. Al revés de ser más fuertes,
somos más dependientes cada día
En la historia
de los Maestros espirituales vemos que todos encontraron dificultades
mucho mayores que la mayoría de los hombres. Tentaciones cada vez más
fuertes; en cada paso son puestos a prueba. Nadie toma su trabajo tan
responsablemente como ellos, lo que es natural. En general, no damos
importancia a un niño cuando rompe un vaso, pero si fuera una criada
le preguntaríamos por qué se ha roto y por qué no ha sido más cuidadosa.
¿Por qué? Porque el adulto es una persona más responsable. Esperamos
de él una mayor responsabilidad. El hombre que anda por el camino de
la espiritualidad es responsable por todo lo que hace, tanto respecto
a sí mismo como a la vida que le rodea.
|
REFLEXIONANDO
sobre los árboles, los animales y los hombres, cada cual a su manera,
muestran una tendencia a la perfección. Las tendencias de la tierra
es la de formar una montaña. Las olas del mar están siempre elevándose.
La misma tendencia es la de los pájaros cuyo placer es volar y subir.
La tendencia de muchos animales es la de colocarse de pie sobre sus
patas traseras. El hombre, desde niño, muestra tendencia a estar de
pie.
Todo eso
es deseo de perfección. La ciencia comprende a medias la ley de la gravedad.
Cree que la tierra atrae todo lo que tiene forma. Es verdad. Pero el
espíritu también atrae todo lo que le pertenece. Ese otro lado de la
ley de gravitación siempre fue del conocimiento de los místicos. La
ley de gravedad trabaja en los dos lados: del terrestre, atrayendo todo
lo que pertenece a la tierra, del lado del espíritu, atrayendo el alma
al espíritu. Luchan igualmente para alcanzar la perfección. En lo que
se refiere a la cosas cotidianas, el hombre nunca está satisfecho con
lo que tiene. Desea siempre más, una situación mejor, dinero, fama.
Esa es la lucha de la humanidad.
Es una prueba
de que el corazón es como una taza mágica: por más cosas que deseemos,
la taza se vuelve más honda y parece siempre estar vacía. La razón nunca
está satisfecha y es que lucha inconscientemente por la perfección.
Cada átomo del universo tiene la voluntad de esforzarse y luchar para
ser perfecto.
Esa es la
naturaleza de los hombres y esa es la naturaleza de la Creación. Todo
ha sido creado con ese fin.
LA cultura
es fundamental en una sociedad pues le sirve para avanzar en sus niveles
económicos, siendo la base del poder a través del cual se mueve en un
plano global.
SE cuenta
una historia sobre un sabio que al comienzo de su vida fue un ladrón.
Cierta vez, un hombre que viajaba por el desierto en una caravana, con
una bolsa llena de dinero, quería confiarla a alguien, porque oyó decir
que habían ladrones en las cercanías. Mirando a su alrededor vio a un
hombre sentado con un aspecto diferente a los otros. Se acercó y le
dijo: “¿Querría usted guardarme esta bolsa? Tengo miedo de ser robado
y los ladrones puedan sustraerme la bolsa”. El hombre dijo simplemente:
“Dame tu bolsa, te la guardaré”. Cuando el viajero regresó a la caravana
supo que lo ladrones habían llegado y robado a todos sus compañeros
de viaje. Dio gracias a Dios por haber entregado la bolsa a alguien
para que se la guardase. Volvió a la casa de la persona a quien había
entregado el dinero y allí, con sorpresa, encontró a los ladrones sentados
repartiendo el dinero del robo y entre ellos al hombre a quien había
entregado la bolsa. Comprendió que aquél hombre era el jefe de los ladrones
y pensó: “¡Qué tonto fui! ¡Entregué mi dinero a un ladrón! ¿Quién puede
ser más tonto que yo?” Empezaba a retroceder cuando el jefe lo vio y
lo llamó: “¿A dónde vas?” “Vine a recoger mi bolsa”, contestó el viajante.
Y le contestó el jefe de los ladrones: “Tú me entregaste la bolsa, ¿no
fue así? Confiaste en mí. Aquí está, puedes tomarla”.
Este acto
de fidelidad impresionó a los ladrones de tal forma que siguieron el
ejemplo del jefe y devolvieron el dinero robado. El significado de la
confianza penetró en el fondo de los corazones de aquellos hombres.
Es una prueba de que desconfiando de los demás tal vez podamos evitar
una pequeña pérdida, pero la desconfianza plantada en nuestros corazones
será una pérdida mucho mayor.
No es una
tontería confiar. Un sabio confía mucho más que un tonto. Confiar no
es una debilidad, sino fortaleza. Quien confía, en poco es engañado.
Quien desconfía de las personas, más pronto o más tarde no confiará
ni en los amigos, ni en sí mismo. Y ese será el punto final.
Podemos encontrar
un Maestro espiritual, pero si no tenemos confianza en él, poco podrá
hacer por nosotros. Si encontramos un Maestro que no sea digno de confianza,
el perjuicio será menor que la pérdida de un verdadero Maestro. Todo
progreso espiritual bajo la orientación de un Maestro, depende de la
amplitud de nuestra confianza en su orientación. Sin esa confianza,
todas las enseñanzas y prácticas de las leyes ocultas nada representarán.
LA indiferencia
se puede dividir en cuatro clases: la auto-indiferencia, cuando la persona
dice: “No importa lo que otros puedan decir, no estoy interesado en
mi persona, tengo otras cosas en que pensar”.
La segunda
forma es la indiferencia en relación a una persona o grupo de personas.
Es cuando no nos importa si alguien vive o muere, no me molesta lo que
pueda ocurrirle. Poco importa si nos aman o nos odian. Nos es indiferente
si son felices o desgraciados.
La tercera
forma de la indiferencia es cuando alguien dice: “¡Qué me importa si
soy rico o pobre, si mi nivel de vida es alto o bajo, si represento
algo en el mundo: todo eso me es indiferente”!
Finalmente,
llega el hombre que toma la cuarta forma de la indiferencia: es aquél
que dice: “¡Qué importa si rezo o dejo de hacerlo, qué importa si hago
bien o mal! Eso para mi tiene poca importancia. Esa es la cuarta especie
de indiferencia.
Todas las
personas con que nos encontramos en la vida cotidiana usan la indiferencia. Una de las cuatro indiferencias
mencionadas.
LOS intereses
pueden ser descritos en cuatro especies. La primera especie es el interés
por uno mismo. Si alguien no está interesado en nadie o en cosa alguna,
ciertamente está interesado en sí mismo. Nadie deja de tenerse algo
de amor. Cuando la persona se vanagloria diciendo que no ama, podemos
estar seguro de que se ama a sí mismo.
La segunda
especie de interés es para con los demás. Ese interés tiene características
diferentes, porque se basa principalmente en el sacrificio.
La tercera
es el interés por la ciencia, el arte, o en obtener objetivos materiales,
dinero o bienes. Ese interés nada tiene que ver con las personas; es
un interés que está en razón de obtener algo, pero que necesita de algo
parecido al sacrificio.
La cuarta
es el interés por las cosas espirituales, que lleva al individuo nuevamente
al interés por sí mismo. El interés por la propia persona es un egoísmo
inferior, el interés por la propia espiritualidad es un egoísmo superior.
Es preferible
el interés a la indiferencia. No debemos pensar que es un error tener
interés por las cosas materiales, aunque, en principio, es realmente
mucho mejor no interesarse por las cosas de este mundo.
Cierta vez
me divertía en una ciudad en fiestas. Entré en un pequeño comercio para
comprar un regalo. El propietario estaba sentado, en un sillón, lejos
del mostrador, fumando una pipa pausadamente. Le pregunté si tenía el
objeto que me interesaba. El se lo pensó durante un minuto y me respondió:
“Me parece que no tengo”. Ni se movió. Permaneció cómodamente sentado.
Lo saludé e interiormente le agradecí su indiferencia.
La indiferencia
es correcta y se justifica cuando estamos sentados en meditación o en
silencio, pero si tenemos un negocio es preciso colocar en él todo nuestro
interés, aunque haya personas que piensen que la indiferencia es una
filosofía de la vida.
REFLEXIONEMOS
un poco sobre el miedo. Es una extraña sensación, que tiene una preponderancia
sobre nuestras acciones. ¿Cuántas veces actuamos bajo su impulso? ¿Cuántos
actos que no desearíamos haber cometido, fueron hechos bajo esa condición
mental? ¿Cómo puede tan extraño sentimiento ser a veces casi incontrolable?
¿Por qué está siempre presente en nuestra vida?
Sabemos que
el dolor, tanto físico como mental, es un aviso, una alerta, de que
algo anda mal. De forma parecida el miedo actúa como un protector, aunque
la analogía no es perfecta en ambos casos. Reflexionemos.
Al principio
de su aparición en la tierra y debido al instinto de sobrevivencia,
el hombre se enfrentó a enemigos desconocidos y a condiciones físicas
que atentaban contra su existencia. Así se creó un espíritu de protección
para que pudiese seguir con vida, incorporando a su consciencia un arraigado
sentimiento, venido de las profundidades del alma y consignado en su
cuerpo material a través de partículas que se transmitieron hereditariamente
a través de sus genes. Fue la propia alma que impregnó el cuerpo físico
con ese elemento protector que está sujeto por leyes naturales a la
transmisión de padres a hijos.
Para que
el hombre realizara aquello para lo que fue creado, fue necesario precaverse contra los elementos adversos de
la naturaleza. Así, durante la noche tenía que cuidarse de las fieras.
Como no veía en la oscuridad, la noche era la desconocida. Así surgió
el miedo a las tinieblas; en la oscuridad puede pasar cualquier cosa;
el miedo es una defensa, una incógnita.
La oscuridad
engendra un temor vago, indefinido, constante, que no sabemos explicar.
Cuando alguien duerme el último sentido que desaparece es el de la audición,
el cual nunca se va completamente, bastando a veces cualquier ruido
no usual para despertar con sobresalto. Es que el sentido de la audición
era la protección nocturna del hombre primitivo contra cualquier peligro
y la garantía en cierta forma de la preservación de su vida.
Las demás
formas naturales del miedo, como caer en un precipicio, o el ruido de
un trueno, o cualquier otra manifestación de la naturaleza, tiene el
mismo sentido: el de protección. Por eso el miedo pone al hombre en
una actitud de lucha, volviéndolo agresivo o cauteloso.
Pero ha ocurrido
algo con el miedo: de benéfico pasó a ser nocivo, cuando ya no fue necesario
para la continuidad de la especie. Pasó a predominar el miedo a su semejante.
Vio que la impureza que había en su corazón también residía en el corazón
de los otros y entonces pasó a temerlos. Justificado o no, el recelo
generó la desconfianza, y el temor generó más temor.
Una de las
consecuencias naturales de la evolución espiritual es la pérdida progresiva
del miedo. Y cuando se va entendiendo que la consciencia personal es
una con la consciencia universal, que nada es por nada, que lo Divino
está presente en todo, nos liberamos de la angustia y el temor, progresando
en sabiduría, amor y justicia.
Cuando estudiamos
la historia de la humanidad comprobamos que los grandes acontecimientos
fueron debidos a la audacia con la cual se vencieron los miedos y se
efectuaron las grandes transformaciones sociales. Por eso sabemos que
hay un poder divino dentro de cada uno, que debe ser utilizado desde
más allá del miedo.
No hay garantías
en este mundo. Nadie está libre de cambios, ni del dolor. La vida es
un riesgo, pero no hay nada que perder, ni aún la propia existencia.
No estamos solos en este camino, porque el espíritu permanece para siempre.
Con fe, voluntad y coraje, la vida nos favorece siempre, porque esas
son las virtudes de los fuertes. No hay miedo si se trabaja para el
amor y el bien, porque todos los poderes son utilizados para nuestra
propia felicidad y la de la humanidad.
|
NO es del
amor universal sobre lo que que voy a reflexionar, sino del amor entre
un hombre y una mujer. Es tan misterioso, tan inspirador, tan sublime, sigue siendo tan mal comprendido por muchas
parejas, que sin duda es la causa del desengaño y la infelicidad. Voy a contar una historia.
Había un
pueblo en la antigüedad, dividido en tribus, con un conocimiento desigual
entre ellas. Pero tenía algunas personas evolucionadas entre sus jefes..
No poseían conocimientos de botánica, ni de biología, pero sí experiencias
en armonizarse con el universo de las cosas y captar algunas verdades.
Y así escribieron la historia de Adán y Eva. Evidentemente, estos dos
seres eran imaginarios, pero la historia era una profunda alegoría.
Decían que Dios había hecho caer sobre Adán un sueño profundo y de una
de sus costillas formó a una mujer. Eso quería decir el narrador, en
su significado profundo, que cuando el ser humano apareció sobre la
tierra era bisexual. Por motivos que no vienen ahora al caso, las dos
partes, masculina y femenina, fueron separadas. Pues bien, toda la actividad
humana con sus luchas, trabajos y sufrimientos; todos los dramas, romances,
intrigas; todas las ansias y aspiraciones, no representan más que la
eterna búsqueda de una de las partes por su otra mitad. Y cuando la
encuentra nace ese misterioso y divino sentimiento al que llamamos amor.
Esa es una ley.
Desgraciadamente,
en la práctica, la inmensa mayoría de las parejas viven en una relación
equivocada, basada en la falsedad. Son uniones transitorias. Aquellas
que viven con su pareja real, saben de qué estoy hablando.
Así vemos
que los niños ya son educados erróneamente, con la creencia inculcada
de que, cuando sean mayores, han de casarse para constituir una familia,
y que a partir de una edad pueden salir de casa, ir a fiestas, bailar,
hacer reuniones, tener muchas amistades, para terminar escogiendo a
una pareja.
Nadie o casi
nadie recibe la enseñanza de que el amor no se busca, sino que se encuentra,
y que buscar el amor como se busca una medicina para una enfermedad,
es un desacierto. Para encontrar amor hay que ser digno de él. Nadie
enseña que el amor se da sin querer nada a cambio; que es la única cosa
que cuanto más se da, más se tiene para seguir dando. Nadie enseña que
hay que prepararse para recibir al amor
El pueblo
ha percibido esto cuando afirma que detrás de un gran hombre hay una
gran mujer. El hombre es como un ejército, ella es como una fortaleza.
Nadie es superior al otro, pero son diferentes y se complementan. Toda
la vida sobre la Tierra es de naturaleza dual, condición para que la
existencia se manifieste. Este es el orden perfecto, cuyo verdadero
sentido fue determinado en la Creación. Una pareja es la manifestación
perfecta de las leyes naturales y el hombre sabrá que no se casa para
tener un hogar, que no se casa para tener compañía, ni se casa para
tener seguridad, ni se casa por obligación, ni para tener hijos, ni
por cosa alguna que no sea por amor. Solamente de esta forma la unión
de un hombre y una mujer será perfecta.
CONTARÉÉéÉE
una historia sobre un rey que dictó una ley obligando a todos los ciudadanos
a asistir diariamente a cinco
oraciones en los templos de su reino. En aquella ciudad vivía un sabio
ignorado por todos, porque vivía en soledad. El sabio recibió la orden
como los demás, pero olvidó o no pensó más en ella y así no apareció
en ningún lugar de oración. La policía fue a buscarlo y lo llevó al
templo. El sabio fue de buena voluntad y se juntó con los demás fieles.
Cuando el sacerdote comenzó a recitar las oraciones, el sabio se marchó.
La policía fue tras él y lo llevó ante el juez. No solamente violaba
la ley, sino que perturbaba a los demás ciudadanos. El sabio preguntó
al juez si sabía lo que deseaba el sacerdote que dirigía el ritual y
el juez respondió: “La religión enseña que los pensamientos de los fieles
deben unificarse con el pensamiento del sacerdote en el momento de la
oración”. “Pues eso fue lo que hice”, dijo el sabio. “El sacerdote pensaba
en su casa, porque había olvidado las llaves. Y yo corrí hacia su casa
para traerlas y entregárselas”. Por fin descubrieron lo que realmente
había pasado. Este gran sabio podía leer lo que pasaba en la mente de
los otros.
Ser religioso
o piadoso, no es precisamente ser espiritual. Eso es algo muy diferente
de lo que llamamos un devoto.
La cuestión
es como proceder con nuestra vida interior. La vida se puede dividir
en dos partes: una que abarca nuestras necesidades sociales, como el
trabajo y la adquisición de bienes y servicios. La otra parte es la
conclusión a que llegamos de que existe algo más allá de la vida humana.
Saber que hay un elevado ideal, una felicidad mayor, un conocimiento
más profundo de la vida y una paz mucho más intensa y eterna. Es admitir
que existe otra vida. Al hablar de vida interior no me refiero a una
vida religiosa, porque una persona puede ser mundana y religiosa a un
tiempo.
Espiritualmente,
el camino es difícil, duro, porque no hay facilidades de locomoción.
Es un viaje a pie, lo que cambia el carácter de todo. No hay equipamiento,
y hemos de atravesar bosques como el del inconsciente, ríos de lava
como el de las pasiones, montañas como las del orgullo. Es un camino
lleno de dificultades.
No hemos
de llevar fardos innecesarios, como libros o filosofías. Hemos de renunciar
a muchas cosas que nos han dicho son necesarias... Hacemos de nuestra
vida, inconscientemente, una vida excesivamente pesada. Aunque exteriormente
ella no parezca ser difícil, cuando comenzamos el camino interior nos
damos cuenta de que no es así. Son pequeñas cosas que ni notaríamos
en la vida cotidiana. Cada vez más nos acostumbramos a vivir confortablemente,
cada vez menos tolerantes con los que nos rodean, cada vez más sensible
a lo que no está de acuerdo con nosotros. Al revés de ser más fuertes,
somos más dependientes cada día
En la historia
de los Maestros espirituales vemos que todos encontraron dificultades
mucho mayores que la mayoría de los hombres. Tentaciones cada vez más
fuertes; en cada paso son puestos a prueba. Nadie toma su trabajo tan
responsablemente como ellos, lo que es natural. En general, no damos
importancia a un niño cuando rompe un vaso, pero si fuera una criada
le preguntaríamos por qué se ha roto y por qué no ha sido más cuidadosa.
¿Por qué? Porque el adulto es una persona más responsable. Esperamos
de él una mayor responsabilidad. El hombre que anda por el camino de
la espiritualidad es responsable por todo lo que hace, tanto respecto
a sí mismo como a la vida que le rodea.
REFLEXIONANDO
sobre los árboles, los animales y los hombres, cada cual a su manera,
muestran una tendencia a la perfección. Las tendencias de la tierra
es la de formar una montaña. Las olas del mar están siempre elevándose.
La misma tendencia es la de los pájaros cuyo placer es volar y subir.
La tendencia de muchos animales es la de colocarse de pie sobre sus
patas traseras. El hombre, desde niño, muestra tendencia a estar de
pie.
Todo eso
es deseo de perfección. La ciencia comprende a medias la ley de la gravedad.
Cree que la tierra atrae todo lo que tiene forma. Es verdad. Pero el
espíritu también atrae todo lo que le pertenece. Ese otro lado de la
ley de gravitación siempre fue del conocimiento de los místicos. La
ley de gravedad trabaja en los dos lados: del terrestre, atrayendo todo
lo que pertenece a la tierra, del lado del espíritu, atrayendo el alma
al espíritu. Luchan igualmente para alcanzar la perfección. En lo que
se refiere a la cosas cotidianas, el hombre nunca está satisfecho con
lo que tiene. Desea siempre más, una situación mejor, dinero, fama.
Esa es la lucha de la humanidad.
Es una prueba
de que el corazón es como una taza mágica: por más cosas que deseemos,
la taza se vuelve más honda y parece siempre estar vacía. La razón nunca
está satisfecha y es que lucha inconscientemente por la perfección.
Cada átomo del universo tiene la voluntad de esforzarse y luchar para
ser perfecto.
Esa es la
naturaleza de los hombres y esa es la naturaleza de la Creación. Todo
ha sido creado con ese fin.
ATMA en sánscrito
quiere decir Alma, y también felicidad. La felicidad no pertenece al
alma, sino que el alma es la felicidad. Como es natural muchos se confunden
entre los conceptos de felicidad y placer. El placer es una ilusión,
una sombra de la felicidad. Podemos llevar la vida entera viviendo con
una ilusión, pero nunca encontraremos la satisfacción. Dicen que el
hombre busca el placer y encuentra el dolor. Exteriormente el placer
se parece a la felicidad. El placer promete felicidad por ser la sombra
de ella, pero así como la sombra de una persona no es ella misma, aunque
represente su forma, también el placer representa la felicidad, pero
no lo es en realidad.
En apoyo
de esta idea notemos que raramente encontramos almas que sepan lo que
es felicidad. Esa es la naturaleza de la vida en el mundo material.
Tan engañosa, que si el hombre se apartara millares de veces del placer,
aún así seguiría recorriendo el mismo camino, porque no conoce otro.
Cuanto más estudiamos la vida más descubrimos lo raro que es encontrar
un alma que diga honestamente: “Yo soy feliz”. Si preguntamos a una
persona por qué se siente infeliz dirá que no ha conseguido tener lo
que deseaba, que carece de poder, de propiedades o de posición social.
Tal vez esa persona haya deseado riquezas y no comprendió que tenerlas
no proporciona tanta satisfacción como piensa. Tal vez diga que tiene
enemigos o que las personas que ama ya no la quieren. Hay millares de
disculpas para la infelicidad creadas por la mente y que influyen en
nuestro raciocinio.
Si poseyéramos
todo lo que deseamos, ¿seríamos felices? No. Aún así, tendríamos otras
causas para seguir estando insatisfechos. Todas las disculpas no pasan
de ser velos que cubren nuestros ojos. Quien realmente es feliz, lo
es en cualquier lugar, porque descubrió la fuente de la felicidad que
está situada en el corazón.
La infelicidad
crea la avaricia. El ansia de poseer se hace mayor. Si todos le dieran
simpatías, aún así no sería feliz. Ni el amor le podrá ayudar, porque
busca la felicidad donde ella no está.
La felicidad
es una cosa que no se puede comprar ni vender; no puede ser dada a quien
no la tiene. Felicidad es el propio ser del hombre, es su propio Yo,
es la alquimia de la luz que como piedra filosofal lo transforma todo
en oro, que tiene el color de la luz.
PARA calmar
la mente es necesario un método especial, de la misma forma que un profesor
de canto enseña al futuro cantante a emitir su voz.
Este secreto
puede ser aprendido a través de la respiración. Sabemos que la respiración
es la esencia de la vida, el centro. La mente puede ser controlada por
el conocimiento del método apropiado.
La ciencia de la respiración es el mayor misterio que haya existido
y durante millares de años ha sido mantenido como una ciencia sagrada
en la escuelas místicas.
Cuando la mente está en perfectas condiciones y bajo control, se pierde la inquietud. Podemos mantener un pensamiento voluntariamente y por el tiempo que se quiera. Es el principio del fenómeno. Muchos abusan de este privilegio y disipan así el poder obtenido, destruyendo la plata antes de que se transforme en oro. La plata debe ser derretida con el calor, la esencia divina en el corazón del hombre, esto es, el elemento amor, que brota como tolerancia, simpatía, servicio, humildad, altruismo. Todas las virtudes vienen del elemento amor. Y cuando ese fuego está incandescente |