P R O S AS      L I B R E S  
  Salvador Navarro Zamorano  

 

 

 

 

               

 

 

P R Ó L O G O

 

 

        “Los pensamientos son aire y van al aire“, pudo haber dicho el poeta, y estos son pensamientos sueltos, volátiles, como el humo que se desvanece en el espacio, o como los suspiros de un pecho que, oprimido, respira profundamente y parece renacer en una dimensión distinta. 

 

        Es de destacar lo heterogéneo de los temas, pero el lector ha de comprender que han sido escritos en diferentes fechas, con distintos estados de ánimo y en lugares diversos. Ellos han ido madurando, pero sus tiempos son variables, y apenas tienen un orden de clasificación temática. El comprensivo lector sabrá disculpar estas  “irregularidades“  y podrá gozar del humor, la tristeza, la cólera, la ironía y el escepticismo, que me dominaron en cada momento; puede haber ideas con las que hoy no comulgo totalmente, y otras que afirmaría estar cierto de que las sigo pensando, pero en todas ellas estoy yo, con todas mis facetas, sentimientos y pensamientos de toda una vida que he vivido intensamente, disfrutando de cada momento, sea cual sea el color que dominara, la pasión que imperara o mis circunstancias.

 

        Para vosotros van estas prosas, que apenas merecen este florilegio, pero que así las denomino porque es como las pienso y siento.

 

        Creo haber cumplido conmigo mismo.

 

                                                                Salvador Navarro Z.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

        Los hombres de hoy, parecen no amar la poesía, y es sin duda, porque les faltan fuerzas para llegar hasta ella;

        la aproximación al arte, da un sagrado terror;

        no se aborda la belleza, sino con un estremecimiento de angustia;

        el drama es lo infinito;

        es el navío fantasma donde navega el misterio.

 

 

        Por todas partes se palpa lo absoluto;

        hay como una fuga de lo humano ante los ojos;

        los hombres se borran; el Hombre aparece;

        el Poeta y el Hombre, se contemplan;

        el Poeta vence al Hombre, y le arranca su secreto; le arranca el alma ;

        de ahí surge el drama;

        la epopeya de las almas;

        hoy ese arte está en destierro;

        sufre la suerte reservada a la Verdad.

 

 

        Para el Poeta, la revelación de su Yo mental está en el verso;

        la lírica, es el vestido visible de las cosas invisibles;

        las metáforas, son la materia fluida que cubre las formas desnudas del espíritu;

        el misterio supremo, es: el Hombre;

        todo lo que él expresa, está tocado de oscuridad;

        su más claro discurso es un balbuceo en la sombra;

        frente a la poesía, la condición fatal del lenguaje, es resultar Ineficaz.

 

        Vivir en la soledad, pero, salir de su soledad, para decir a la aurora los secretos que la noche confió a su corazón, en la vaga confidencia de sus voces siderales;

        he ahí el deber de aquél a quien la Eternidad hace transparente, aun las cosas más oscuras;

        envolverse en su soledad, devorando la interpretación de los grandes símbolos, revelados a su corazón por las tormentas de su propio pensamiento;

        y, callar . . . .

        callar, sordo a la voz que en el fondo del corazón grita imperiosamente: ¡En marcha, Pastor de Estrellas!  En marcha, que el Sol ya va a venir y devorará tu rebaño; puebla el cielo de astros, tuyo es su reino;

        he ahí, la traición del que en el silencio come su propia paz y devora sus propios sueños, sin piedad por las divinas alas que quieren escaparse hacia la luz.

 

 

        Pensar, sentir, soñar, volar sin tregua ni descanso sobre los helados ventisqueros del pensamiento humano, y detenerse luego, meditabundo, sobre las cumbres desnudas, en esa gran vertiente de los crepúsculos, y contarse a sí mismo y a los otros, las peripecias mentales de ese gran viaje a lo Infinito, y dejar caer una a una sobre la Tierra las gemas resplandecientes de la Verdad, los fulgentes ópalos de la Luz, arrancados del seno mismo de las tinieblas;

        ahí está la roca de Sísifo, confiada a los fuertes hombros del pensador, para subir y bajar con ella, sin descanso, las agrias cuestas de la vida;

        un viento de tempestad persigue al pensamiento en esta caza a lo infinito, lo azota y hace vacilar su antorcha, que casi se apaga, ante el vuelo errabundo de las estrellas;

        es el viento enemigo de los cazadores de astros, de los portadores de la gran lira sonora, que llena con sus acordes la epopeya de la soledad;

        pero nada detiene su misión a este tenaz explorador del misterio y del abismo.

 

 

        El trabajo de un Poeta es la condensación de todas las formas vagas, indecisas y flotantes que hay en el atomismo de las ideas, para ponerlas dentro del molde mágico del verso, lleno de divinas sonoridades:

        porque el Poeta bebe en las fuentes altísimas y purísimas del misterio, su palabra es a veces confusa, llena de ecos extraños, como estremecidas aún del contacto con todas las cosas indescifrables e inexplicables que hay en los cielos sin fronteras de la Visión;

        por ello, todo Poeta está solo y perdido en medio de los hombres.

 

        Todo Poeta es una luz;

        un faro, colocado por el destino, sobre costas inaccesibles, pero visibles, emergidas de los mares del misterio, en el límite oscuro de la Tierra, donde rompen sus alas todos los huracanes;

        se sabe encadenado a esa soledad por un decreto inexorable, de algo superior a él y que se llama: el destino;

        sabe que iluminar desde esa altísima soledad es su misión:

        y, la cumple;

        que el viento ruge;

        que la mar se encrespa;

        que las olas amenazan devorarlo. . .

        nada lo inquieta;

        sabe que nada podrán contra él, todos los elementos de la vida desencadenados en su contra; son los elementos inferiores, que no alcanzan la altura de su destino;

        sabe que el rayo que ha de pulverizarlo duerme en otras manos; alto, muy alto. . .

        por eso desprecia las fuerzas inferiores que lo asaltan. . .

como desprecia el islote la espuma de las olas. . .

        nada tiene que temer de ellas;

        el rayo viene de arriba;

        el rayo baja, no sube;

        es un orgullo que le viene al Poeta de su Padre.

 

 

        En todas las latitudes, sobre todos los pueblos, en todas las horas de la Historia, veréis diseñarse en el horizonte la Gran Montaña desnuda, donde medita un Pensador;

        la cima es la misma, a través de todos los siglos;

        sólo el huésped cambia;

        que sea Sócrates, Jesús, Buda. . . siempre es el mismo espíritu sobre la misma cumbre;

        es el Pensador;

        todo el pensamiento de un pueblo, o de una raza, condensado en un hombre;

        todo el fluido vital de ese momento, se aglomera e irradia en un hombre;

        todo el furor animal de ese momento ruge contra ese Pensador;

        nada fatiga la ternura de aquel proveedor estoico de luz;

        él, continúa en darla al mundo, a despecho de las tinieblas.

        Si algo sobrenatural hay en la vida, oscura y devoradora, es el Espíritu;

        ¿dónde están sus fuentes magnánimas y luminosas?

        ¿de qué cumbres ocultas tras la movible tela del tiempo, desciende hasta la Tierra ese río maravilloso lleno de un sagrado misterio;

        toda la oscuridad del dolor y toda la luminosidad de la esperanza, vienen mezcladas en sus ondas tormentosas y divinas;

        de las entrañas de la Eternidad, sale ese Espíritu soberbio y luminoso, cada una de cuyas olas es un mundo de belleza, y vuelve a la Eternidad, después de haber fecundado ese prodigio que es el alma y haber hecho florecer en ella todas las rosas del amor, hechas sonoras por el viento musical que baja de las rutas celestes de la Inspiración, donde rugen sin intermitencia los huracanes líricos del Verbo, salidos de los labios del Abismo, que dijo el  “ Hágase la Luz” sobre el corazón informe de los mundos por nacer.

 

 

        ¿En dónde reside lo bello del mar? 

        ¿En lo amplio?

        ¿En lo salado?

        ¿En lo profundo?

        No podría decirse.  . . 

        Es en su grandeza que reside su alma;

        su belleza está toda en el misterio que emana de ella.

 

        El mito de las Tinieblas, odia según el decir de su Leyenda; odia a Dios; y el odio es la forma negra del Amor; no se odia sino lo que se ha amado, o se pudiera amar;

        el odio, es una gran pasión, voraz.

        Satán odia a Dios, con el odio del vencido; porque él también pudo haber sido Dios, y no lo fue.  . .

        ¿No era tan bello como Dios?

        Sí;

        pero Dios, fue más fuerte;

        en la Leyenda de esos dos Mitos, igualmente trágicos, el odio es elocuente, con una elocuencia de fatalidad;

        cuando pensáis en la fábula de Satán,  ¿no pensáis también en la de Abel, expulsado de la vida, por su hermano? 

        Dios y Satán, son los Hermanos Enemigos.

 

 

        Todo hombre justo es un hombre libre; porque no hay justicia fuera de la libertad;

        hay vidas elocuentes, más que todos los discursos, dichos por boca de los hombres;

        la vida de un hombre libre;

        he ahí, por qué ese espectáculo raro y magnífico  -  un Hombre Libre  -  no lo soportan los tiranos, y es lo primero que tratan de destruir y de suprimir a la vista de sus pueblos;

        un hombre libre es más que un ejemplo, es un peligro; suprimirlo es un deber de conservación en la tiranía;

        cuánto más bello es un gesto, es más temible, si se dirige contra el Mal;

        y, ¿qué gesto más bello, que la actitud de un hombre libre, indignado contra la tiranía?

        Mientras más solo, más grande aparece el hombre libre;

        su soledad, no hace sino aumentar la amplitud de su gesto;

        el aislamiento es el cuadro natural a su extraña forma de heroísmo, como el desierto es el cuadro natural del ascetismo;

        cada verdad que brota sobre la Tierra, no aparece sino sobre esa altura de la Libertad, que se llama los labios de un hombre libre.

 

 

        El poeta es incompatible con su tiempo e incomprensible para su tiempo;

        se aísla en el Evangelio de la belleza y de la verdad, que guarda la palabra inarticulada que ha de salvar la Tierra;

        dice las cosas profundas, en el canto insondable de un pensamiento musical, raro, como una revelación de la Gloria;

        da a la frase inusitada la intensidad y el poder pictórico de un fresco eterno, que no han de afrentar los siglos, porque la eternidad, se hizo no para el insulto del poeta, sino para su consagración;

        es la omnividencia maravillosa y la expresión armónica, de una hora ciega y sin sonido, de un momento histórico, brutal, de uno de esos momentos en que el pensamiento humano sufre la mudez producida por la lejanía del ideal y el olvido de la comunión con lo bello, única eucaristía de las almas;

        es la profundidad inagotable, donde las generaciones sedientas vengan a apagar su sed de belleza, apurando la onda negra, que permanece pura en la soledad;

        es un gran evocador y un gran creador;

        es el sacerdote melodioso de un culto que la apostasía condenó al olvido, y la gloria volverá al sereno esplendor de su belleza;

        he ahí el deber, he ahí la misión, de esa personalidad exótica, de ese Hijo del Misterio, de esa figura heroica del color, que es: un poeta.

 

 

        ¿Has visto un toro de lidia, alzarse bajo la luz de la tarde, en su simplicidad descomunal?

        ¿no te parece al mirarlo, en la inmensidad del paisaje de penumbras, que las entrañas de la fantasía se han abierto para dar paso a ese cornúpeto enorme, pronto a lanzar sus mugidos contra el cielo y a escalar los astros, para pisotearlos con sus pezuñas, cubiertas del lodo de la Tierra?

        se diría que, en la oscura virilidad de sus ojos, yace todo el vértigo enloquecido de la noche; que en su garganta, duerme el rugido de un mar; y se mira los lomos enormes, por ver si brotan de ellos las alas descomunales, que se despliegan bajo las crines negros de los bueyes taciturnos del Apocalipsis;

        es la fuerza;

        la fuerza enorme de la Naturaleza, poderosa, arrogante y terrible.

 

 

        ¿Cuál es el color del alma española?  Negra y roja;

        tiene el color de sus grandes cuadros, el color querido a sus pintores que más profundamente la han interpretado; negro con Goya; rojo y negro con Velazquez; negro y lívido con Ribera;

        negro y rojo como sus poemas, sus dramas, toda su prosa y poesía heroicas, antes de la anemia claustral que la enervó, y de la aparición de esa literatura pálida, que marcó el cenit de su decadencia, en la postrera mitad del siglo XIX;

        el alma española, es heroica y claustral;

        monástica y bélica;

        el poema rojo de la guerra, y el salmo negro del monasterio, se unen en ella, y la modelan:

        su epopeya, es un grito enorme, de violencia y de fe;

        lo heroico, reside en ella, en dosis inverosímiles; y lo piadoso, es una inmensidad;

        lo trágico está en el fondo de su vida;

        Dios llena toda la Historia de este pueblo, con el mismo soplo de ferocidad con que llena Jehová, las páginas de la Biblia;

        Hay una extraña similitud entre estos dos pueblos, guerreros, tenaces y rapaces, fanatizados por un terrible ideal, impulsados por el fanatismo religioso y llevados por él a través de la Historia, como por un huracán, estéril y fatal;

        esa supervivencia de idolatría árabe, ha sido el Alfa y el Omega de la Historia del pueblo español, a través de los siglos y ha hecho el alma nacional, roja como las arenas del desierto, negra como una montaña en la noche;

        alma de califa y de monje.

        Sacerdote y marcial.

        Abderraman y Loyola;

        bajo cada héroe hay un fraile, bajo cada fraile hay un héroe;

        en todos esos guerreros y esos monjes que llenan las historias, las comedias y las pinturas de los siglos florecientes del alma española, ¿qué nota impera?; la nota roja; la nota negra;

        esos señores con gorguilla y ferreruelos, que en el Museo del Prado emergen de las telas negras sus cabezas pálidas y anormales, como obsesionados de un tenaz sueño de rapiña y de gloria, tuvieron el alma roja como sus manos: fueron los hombres de Flandes y de América; guerreros y conquistadores, hombres de presa: hombres de sangre;

        esos obispos, esos abades, esos frailes, que en el silencio de las sacristías destacan de las telas mal pintadas y del gris opaco de sus sayales, sus cabezas de buitres pensativos, con miradas torvas de asesinos, todos ellos tuvieron el alma negra; fueron los hombres de la Inquisición;

        el rojo de la espada;

        el negro de la cruz;

        he ahí el alma hispana;

        yo no he visto alma más dolorosa, que esa grande y dolorosa alma española;

        toda la tristeza árida de sus campos castellanos, se conglomera en ella; inconsolable y austera;

        hasta su carcajada es triste;

        ¿hay algo más melancólico, que la alegría que se desprende del Quijote?

        el Quijote, bien leído, hace llorar;

        es verdad que un ligero azul tiñe a veces los cielos de esos cuadros, llenos de una mansedumbre de Infinito; diáfanos al nacer el alba;

        pero pronto se oscurecen;

        el azul es un color italiano;

        esos campos, esmeraldas en ocasiones, con un frescor de primavera, donde florece una alegría de rosas;

        pero pronto se descoloran, se entenebrecen, entran en la sombra;

        el verde es un color holandés;

        su cultura varia, su pasión de arte, da a veces a esos cielos tonos de un lila pálido;

        pero pronto se diluyen y se esfuman: mueren bajo la noche;

        el lila es un color francés.

 

 

        Místico, quiere decir: del misterio;

        todos los poetas, obsesionados de infinito, son místicos;

        pero místico, no quiere decir precisamente: religioso;

        el misticismo y la religión, pueden hermanarse y se hermanan, con una violencia sombría, que es como un estremecimiento del dogma;

        el poeta hace un culto del misterio, del cual la belleza es la esencia.

 

 

        El mundo es de los mediocres: sea;

        pero la gloria es de los apasionados, de los desmesurados;

        lo excesivo reside en el poeta, como en el mar;

        un lago es limitado: el Océano, no;

        ¿qué mesura guarda la tormenta?

        quitad al poeta la enormidad de la pasión, y le habréis arrancado el corazón.

 

 

        Plantemos para la eternidad;

        plantemos el Árbol de la Vida;

        la Vida es la Palabra;

        de todo lo humano, la Palabra es lo único eterno;

        su sonido pasa;

        su sentido queda;

        profundo ha sido, profundo es, profundo será, el sentido del Verbo;

        el misterio se eleva melodiosamente del fondo de la Palabra;

        el culto de la Palabra, es el culto a lo único proféticamente revelado: el símbolo divino; el Verbo.

 

 

        Yo no he podido comprender el arte de escribir, sino como una misión;

        misión llena de dignidad, de seriedad;

        he ahí el orgullo del escritor;

        si he de hablar, lo hago de los grandes cultos de mi vida: la Libertad y la Belleza;

        y estos fragmentos hablan de mi alma;

        permite que te lo diga con recogimiento, como cuando se habla de cosas inmortales, hechas para embellecer este imperio de las tinieblas que es la vida.

       

 

        ¿El milagro de crear?

        fijar algo en el torbellino de las cosas posibles y oscuras de la vida;

        la vida, es un huracán de formas; un tropel de símbolos;

        fijar y descifrar, he ahí el hombre;

        revelar la forma increada por medio de la intangibilidad de la expresión;

        descifrar el símbolo, fijándolo por la humanización del vocablo; el aprisionamiento del ritmo; la traslación viva del color; la fijación eterna del gesto;

        inspiración y forma;

        la energía misteriosa del pensamiento, encarnada en la forma.

 

 

        El poeta no es un temperamento;

        el poeta, es una amplitud;

        lo abarca todo;

        todo cabe en él:

        es lo ilimitado.

 

 

       

Admiración, contemplación y meditación;

        son tres rosas divinas estas palabras;

        pletóricas de misterio;

        admiración es comprensión;

        es contemplando amorosamente, que se llega a admirar apasionadamente;

        por vía de iniciación;

        es meditando con profundidad que se llega a ver el corazón desnudo de la Verdad.

 

 

        Yo soy un solitario a quien todo acto de exhibición personal le parece innecesario;

        no amo la publicidad cuando ella viola mi soledad;

        el enfrentamiento con el público no me asusta, pero mejor si puedo evitarlo;

        amo al pueblo como al mar, para contemplarlo y agitarlo desde lejos;

        pero no gusto de la caricia cercana de sus olas;

        ese monumento de eterna pasión dolorosa, de ignorancias locuaces y vivaces, lleno de ultrajes y clamores, no atrae mi ambición como para hacerme un pedestal;

        mis palabras pasan sobre él, se posan tal vez en él, como un ave viajera camino hacia lo ignoto;

        pero no ama inmovilizarse en él, ser esculpido sobre él, como una de esas águilas que ciñen sus alas como un casco a las frentes bestialmente pensativas de ciertos Faraones de piedra;

        la multitud, es el hoy, el mañana, el siempre; llena de instintos insatisfechos, y de deseos inabarcables . . .

        la faz de la multitud, esa faz inicial de humanidad, modificada hasta lo infinito por el oleaje de todas las sangres y de todas las desgracias, puede tener grandeza, pero carece de belleza;

        una multitud, es un alma emanada del número, un ser vago, movible, tenebroso: alma de eternidad y de crueldad;

        la multitud, se doma, no se ama;

        se la inmoviliza por el resplandor de las antorchas;

        los grandes domadores de multitudes, provocan los rugidos, como los domadores de fieras;

        la crueldad es el único encanto de la multitud.

 

       

Cuando el salvaje elemento de la envidia, cree haber devorado al poeta, organiza en su honor los grandes funerales del silencio;

        pero, el poeta como el mar, es más grande que el silencio, y lo ahoga con sus versos;

        y hace sonoro el silencio; sonoro como la fama;

        hace que el alma invisible y gigante del silencio toque para él, las mil trompetas de la gloria;

        el poeta, es siempre vencido por la suerte, no es nunca aplastado por la crítica;

        puede ser reducido a la impotencia, no lo es nunca al silencio;

        la voz del poeta es la pesadilla de los mediocres;

        ¿qué no daría la insonoridad de la masa, por reducir al poeta a la mudez?

        ése sería su triunfo;

        el pantano es el eterno envidioso del Océano, como el crítico, es el eterno enemigo del poeta;

        su cólera viene de su impotencia mental;

        el alma de ambos es verde; verde como el limo, lleno de reptiles.

 

 

 

        El hombre es animal ingrato por naturaleza y por temperamento; la carga que soporta menos es la de la gratitud; es muy fuerte para sus hombros de insecto; perdona más fácilmente una ofensa que un beneficio; por eso se le ve practicar más esa forma de la cobardía, que se llama “ el olvido de las ofensas”, que esa forma noble de la memoria: “ el recuerdo del favor “.

        la ingratitud es la independencia del corazón, dice el ingrato;

        y el hombre, por vil que sea, tiende siempre a la libertad.

 

 

        El hombre, como todo animal bravío, está hecho para ser dominado y explotado;

        la mujer, como la multitud, es hecha para ser cortejada, seducida, y abandonada;

        el que no procede así, será el esclavo de los hombres y el juguete de las mujeres.

       

 

 

        Los siglos suceden a los siglos, las generaciones a las generaciones, los amores a los amores, y el himno no se cambia y el ritmo no varía;

        el hombre y la mujer siempre los mismos;

        la misma promesa, el mismo beso, la misma posesión, el mismo hastío;

        el mismo ayuntamiento, la misma floración de carne germinando al calor de los abrazos y brotando a la vida, y extendiéndose sobre este planeta, poblándolo de miserias y de sueños.  . .

        el mismo gemido eterno saliendo de la arcilla miserable;

        y Dios velando siempre la cópula, y siempre sorprendiéndola y siempre castigándola;siempre condenando al hombre al deseo, a la fecundidad, y al mundo del amor ;

        “Creced y multiplicaos“;

        y a ese conjuro la arcilla se fecunda, hierve el lodo y al calor de ese fango brota el hombre.

 

 

        En este momento el cielo se ha hecho oscuro, lleno de nubes informes como un paisaje de humos, de flores desmesuradas, de una ingenuidad primitiva, triste, como el fin de un sueño de amor, con la tristeza infinita de las cosas, de donde se destaca una glacial melancolía;

        todo se hunde en la sombra.  . .

 

 

        El dolor es una fuerza; por el camino del dolor se va hacia el amor.

 

 

        Esta mañana, la silueta mágica de mi hija Isabel, como un cisne blanco y melancólico, que semejaba en las losas blancas y negras de mi casa lo albo de un pétalo en la onda turbia, atravesó misteriosa y casta el silencio de la sala, llenándola con el resplandor de sus ojos mágicos, con su sonrisa de luz, con la armonía cantante de su cuerpo, con el rumor de su risa y sus labios, de los cuales se escapaba rumorosas sus palabras, como el perfume de un jarrón de rosas.