¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?
¿No cesará esta terca estalactita
de cultivar sus duras cabelleras
como espadas y rígidas hogueras
hacia mi corazón que muge y grita?
Este rayo ni cesa ni se agota:
de mí mismo tomó su procedencia
y ejercita en mí mismo sus furores.
Esta obstinada piedra de mí brota
y sobre mí dirige la insistencia
de sus lluviosos rayos destructores.
Desde que la vi la adoro
y aún antes diría yo.
El toro la echó en mis brazos,
y por defenderla de él
siento duros aletazos
de hierro y fuego en la piel.
La parte de mi pechera
que con su cuerpo rozara
se ha vuelto una primavera
de luz amorosa y clara.
Que con el toque ligero
de sus vestidos flotantes
provocó en ella un reguero
de luciérnagas brillantes.
Sonó su voz en mi oído
con cara de ruiseñor,
y en mi oreja ha florecido,
como un cuchillo, un amor.
La que cultiva mi vida
se fue sin decirme adiós,
y me recorrió una herida
que me abrió la vida en dos.
Quedé queriendo gemir,
una pura herida hecho,
y al verla despacio ir
me dolió despacio el pecho.
Me había impuesto su seno
un olor de mejorana
y un sabor de pan moreno
en mi chaleco de pana.
Mis manos, que en su figura
puse, olí con avaricia,
y un rumor de espuma oscura
me quedó de su caricia.
Espera un poco, Juan mío,
respira un poco, despierta
un poco... ¡Muerto está, frío
está y anhelo estar muerta!
¿Qué monte de pesadumbre
y de desventura soy,
que me arrebatan la lumbre
cuando a calentarme voy?
¿No he de verte vivo más?
¿Y quién revivirte puede?
Ni el agua se vuelve atrás ni la vida retrocede.