LA FECHA DE LA PASCUA

Los Evangelios nos dicen claramente que la Pasión de nuestro Señor coincidió con la celebración de la Pascua judía. La última cena no es más que la cena pascual que como judíos celebran, presididos por aquel Maestro que no vino a derogar la Ley sino a llevarla a su perfección. Los dignatarios judíos que acompañan al Reo ante Pilatos no llegan a entrar en el pretorio, pues el simple contacto con un pagano impedía comer el cordero pascual. El mero hecho de identificar a Cristo con el cordero pascual, y otro sinfín de detalles corroboran esta fecha.

Sobre qué día fue exactamente, en relación con el calendario judío, ya hay más discusión. Digamos que los cuatro Evangelios sitúan la cena en un jueves y la muerte un viernes. Pero mientras los tres sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas) colocan en ese jueves el día de la pascua judía, según el Evangelio de San Juan la pascua coincidía con el viernes. Sobre esto muchos autores han escrito, siendo la opinión más común que Juan, siempre el más detallista, es quien lleva la razón, y Jesús adelantó la cena pascual bien porque muchos acostumbraran hacerlo así (a Jerusalén eran muy numerosos los peregrinos que acudían y no habría sitio para celebrarlo todos a la vez) o por otros motivos.

LA PASCUA JUDIA

¿Qué era la pascua judía? El libro del Exodo describe con detalle esta celebración, que es la principal del calendario judío. La primera vez que se celebra es en Egipto, horas antes de la huida de los israelitas a través del mar Rojo. La pascua es el paso de Dios, o mejor de su ángel exterminador, dando muerte a todos los primogénitos egipcios y respetando a los israelitas. Debían sacrificar un cordero o cabrito sin tara, de entre ocho días y un año. Si el número de personas era menor del que bastara para comer el cordero, debían juntarse a otra familia. Asándolo, lo acompañaban de panes ácimos y lechugas hervidas u otras verduras amargas que les recordarían las penalidades que pasaron en Egipto.

Esta cena debían comerla calzados como para salir de camino, con el cinturón puesto y un bastón en la mano. Debían comer el cordero entero, sin dejar nada, y si algo quedase debía consumirse en el fuego antes de la mañana, y no se le quebrantaría hueso alguno. Y sobre todo no debían olvidar teñir con la sangre del cordero el dintel de la puerta, de modo que el ángel exterminador respetaría los primogénitos de los hogares teñidos con sangre de cordero: esta es la última de las plagas, la que decide al faraón a dejar marchar a los judíos.

Yavé dijo a Moisés y Aarón en tierra de Egipto: "Este mes será para vosotros el comienzo del año, el mes primero del año. Hablad a toda la asamblea de Israel, y decidles: El día diez de este mes tome cada uno según las casas paternas una res menor por cada casa. Si la casa fuere menor de lo necesario para comer la res, tome a su vecino, al de la casa cercana, según el número de personas, computándolo para la res según lo que cada cual puede comer. La res será sin defecto, macho, primal, cordero o cabrito. Lo reservaréis hasta el día catorce de este mes y todo Israel lo inmolará entre dos luces.

Tomarán de su sangre y untarán los postes y el dintel de la casa donde se coma. Comerán la carne esa misma noche, la comerán asada al fuego, con panes ácimos y lechugas silvestres. No comerán nada de él crudo, ni cocido al agua; todo asado al fuego, cabeza patas y entrañas. No dejaréis nada para el día siguiente; si algo quedare lo quemaréis. Habéis de comerlo así: ceñidos los lomos, calzados los pies, y el báculo en la mano, y comiendo de prisa, pues es el paso de Yavé. Esa noche pasaré yo por la tierra de Egipto y mataré a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde los hombres hasta los animales, y castigaré a todos los dioses de Egipto. Yo, Yavé. La sangre servirá de señal en las casas donde estésis; yo veré la sangre, y pasaré de largo, y no habrá para vosotros plaga mortal cuando yo hiera la tierra de Egipto. Este día será para vosotros memorable y lo celebraréis solemnemente en honor de Yavé de generación en generación; será una fiesta a perpetuidad.

El primer mes, desde el día catorce del mes, comeréis pan sin levadura hasta el veintiuno. Por siete días no habrá levadura en vuestras casas, y quien coma pan fermentado será borrado de la congregación de Israel, sea extranjero o indígena".

Convocó Moises a todos los ancianos de Israel, y les dijo: "Tomad del rebaño para vuestras familias e inmolad la Pascua. Tomando un manojo de hisopo, lo mojáis en la sangre de cordero, untáis con ella el dintel y los dos postes, y que nadie salga fuera de la puerta de su casa hasta la mañana, pues pasará Yavé por Egipto para castigarle".

Exodo 12, 1-14, 18-19, 21-23a



Los israelitas recibieron la orden del Señor de renovar cada año esta celebración, el día 15 del mes de Nisán (que empezaba con la primera luna nueva de primavera) es decir, el primer plenilunio de primavera (los meses lunares son de 28 días) en memoria del paso del Señor, exceptuando sólo a los inmundos y a los que estaban de viaje. Y así lo hacían, y lo hizo Jesucristo, justo la víspera de su muerte. No es preciso ahondar más en el significado cristiano de esta celebración, y de la coincidencia con la pascua judía.

Yavé habló a Moisés en el desierto del Sinaí, el primer mes del año segundo después de la salida de la tierra de Egipto. Dijo: "Que celebren los hijos de Israel la Pascua a su tiempo. El día catorce de este mes, entre dos luces, la celebraréis conforme a todas las leyes y a todos los ritos que a ella se refieren".

Moisés habló a los hijos de Israel para que celebraran la Pascua; y la celebraron el día catorce del primer mes, entre dos luces, en el desierto del Sinaí. Conforme a todo cuanto había mandado Yavé a Moisés, así hicieron los hijos de Israel.

Había algunos hombres que estaban impuros por un cadáver, y no pudieron celebrar la Pascua en ese día. Presentándose aquel mismo día ante Moisés y Aarón, les dijeron: "Estamos impuros por un cadáver; ¿por qué habremos de vernos privados de presentar nuestra ofrenda a Yavé, a su tiempo, con los demás hijos de Israel?" Y Moises les respondió: "Esperad que sepa yo lo que cuanto a vosotros dispone Yavé".

Yavé habló a Moises, diciendo: "Habla a los hijos de Israel y diles: Si alguno de vosotros o de vuestros descendientes está impuro por un cadáver, o está en viaje lejos, celebrará la Pascua de Yavé. En el segundo mes, el día catorce de él, entre dos luces, lo celebrará. La comerán con pan ácimo y lechugas amargas; no dejarán de ella nada para el día siguiente, ni quebrantarán ninguno de sus huesos; la celebrarán conforme a todos sus ritos. Si alguno, estando limpio y no estando de viaje, dejare de celebrarla, éste será borrado de su pueblo por no haber ofrecido a su tiempo su ofrenda a Yavé, y llevará sobre sí su culpa. Si el extranjero que habita entre vosotros celebra la Pascua, guardará todas las leyes y ritos que a ella se refieren. La ley será la misma para vosotros; la misma para el extranjero que para el natural".

Números 9, 1-14



LOS CUATORDECIMANOS

La celebración cristiana fundamental es, como todos sabemos, la Resurrección. Su cálculo ha estado siempre basado en la pascua judía, que coincide con el 15 del mes de Nisán, el primero del calendario judío, que va de mediados de marzo a mediados de abril. El 15 del mes de Nisán coincide con el primer plenilunio de primavera.

Pero las divergencias entre las diferentes Iglesias cristianas empezaron pronto. Mientras la mayoría de las iglesias, incluyendo la de Roma, celebraban la Resurrección en domingo, para determinadas Iglesias cristianas del Asia Menor la muerte debía coincidir el 15 del mes de Nisán, y por tanto la Resurrección con el 17 de dicho mes, prescindiendo del día de la semana. Para ello apelaban a la tradición de San Felipe y San Juan y de varios santos padres de Asia Menor. Esta corriente recibió el nombre de Cuatordecimana. Esta divergencia era motivo de un cierto escándalo, incluso los mismos gentiles se la echaban en cara a las Iglesias cristianas.

Por eso desde antiguo se procuró componerla. Durante el pontificado de san Aniceto (154-165), san Policarpo, obispo de Esmirna, que había sido discípulo de San Juan, fue a Roma y trató entre otros asuntos este, no lográndose un acuerdo.

Poco después se incrementó la controversia, por lo que el Papa Víctor (189-198) mandó a los obispos de ciertas provincias, sobre todo a los del Asia Menor, que se reuniesen en concilio para tratar el asunto, y procurar de llegar a una uniformidad. Casi todos acordaron hacerlo en domingo, salvo Polícrates, obispo de Efeso, con sus sufragáneos. El Papa le amenazó seriamente con la excomunión, aunque san Ireneo, obispo de Lyon, consiguió moderar la postura del romano pontífice.

LOS PROTOPASQUISTAS

Se puede decir que la costumbre romana se impuso paulatinamente, y pese a la resistencia de unos pocos cuartodecimanos, que subsistieron hasta el siglo V, la fecha de la Pascua se generalizó en domingo. Pero había otra dificultad, de origen astronómico, en la generalización de la fecha. Su causa es el movimiento de precesión, por el que la entrada de los equinocios se retrasa 50 segundos por año respecto de las constelaciones. Como los judíos seguían calculando el equinocio (la entrada de la primavera) por la entrada del sol en la constelación de Aries, resultaba un adelanto respecto de la fecha real que en el siglo cuarto superaba ya los 4 dias. De manera que en lugar de iniciarse la primavera el 21 de marzo, empezaba ya el 16 de ese mes.

Los cuartodecimanos y otros muchos cristianos seguían el cómputo judío, mientras que al resto le parecía que los judíos no observaban el equinoccio y les acusaban de celebrar su pascua demasiado pronto. Los cristianos que seguían el cómputo judío, sin preocuparse de su exactitud, fueron denominados Protopasquistas, por el adelanto de la fecha de la Pascua, que bien podía caer antes del 21 de marzo. Frente a ellos varios autores intentaron hacer cálculos propios a partir del siglo III, y el primero de ellos el de san Hipólito, aunque se basaba en el 18 de marzo como el día del equinoccio. Este cálculo parece sin embargo que fue el más extendido en occidente.

En esa época la comunidad cristiana más científica era la de Alejandría, basada en el cálculo del obispo Dionisio, y sobre todo en las mejoras que introduce Anatolio, obispo de Laodicea de Siria el año 270. Para éste, el equinoccio coincidía con el 21 de marzo.

Así pues, al entrar en el siglo IV había protopasquistas, que prescindían del equinoccio y seguían los cálculos judíos, y equinoccialistas, pero dentro de estos los había que tomaban como referencia del equinoccio el 18 (los romanos) y otros el 21 de marzo (los alejandrinos). El concilio de Arlés (314) ya ordenó en su primer cánon que la Pascua se celebrase en todas partes el mismo día, y que el Papa debía enviar cartas a todas las Iglesias para conseguir esa uniformidad. Pero estas prescripciones no fueron aceptadas por todos, y al final, poco después, el Concilio de Nicea (325) es el que solventa la cuestión.

EL CONCILIO DE NICEA

Convocado por el emperador Constantino, aunque todavía no era cristiano, el objeto fundamental de este Concilio fue tratar sobre la herejía arriana, que daba origen a múltiples disensiones y enfrentamientos en la Iglesia. Su síntesis principal es el Credo o Símbolo Niceno, que junto con las adiciones del Concilio de Constantinopla es el que profesamos hoy día. Pero también trató este tema de la fecha de la Pascua, en especial para resolver definitivamente la cuestión de los protopasquistas.

En resumen, las disposiciones del Concilio de Nicea, que son las que hoy sigue la Iglesia, se pueden resumir en 3 puntos:

1º - Que la Pascua se celebre en domingo (lo cual iba directamente contra los cuartodecimanos).

2º - Que jamás se tenga la Pascua en el mismo tiempo que los judíos, cosa que se consideraba un escándalo, por cuanto si el 14 de Nisán cayera en domingo, la Pascua no debía celebrarse ese día sino el domingo siguiente.

3º - Se prohibía a los cristianos celebrar dos veces la Pascua en el mismo año, es decir, como el comienzo del año era el equinocio primaveral, se prohibía celebrarla antes del equinoccio real, olvidándose de la entrada en aries.

De diversos escritos, sobre todo de san Cirilo de Alejandría y san León Magno, se deduce que mientras el Concilio de Arlés dio la razón en el cálculo de la Pascua a la Iglesia de Roma, el de Nicea se la dio, de forma definitiva, a la Iglesia de Alejandría. Y también que estableció la costumbre de que Alejandría comunicase a Roma el día de la Pascua, para que la Iglesia de Roma la transmitiese a las otras de la cristiandad.

Pese a todo, siguieron las diferencias en el cálculo de la Pascua entre ambas iglesias, la de Alejandría y la latina, fundamentalmente por motivos astronómicos. Los romanos seguían fijando el equinoccio el día 18 de marzo, y para el cálculo de la edad de la luna usaban un ciclo 84 años, mientras los alejandrinos usaban el ciclo de Metón de 19 años. Estas y otras diferencias menores hacían que en Roma, por ejemplo, nunca se celebrase la Pascua más allá del 21 de Abril, mientras en Alejandría se llegaba hasta el 25. Varios intentos de composición y acuerdo son presentados, como el Concilio de Sárdica (343) que intentó un acuerdo de ambas partes que durara 50 años; la publicación de unas tablas pascuales para 95 años por Teófilo de Alejandría, por orden del emperador Teodosio I (435); la composición de un nuevo ciclo pascual por Víctor de Aquitania, que quería ser intermedio entre ambos....

Al final fue Dionisio el Exiguo, quién en 525 logró convencer a los romanos de las ventajas del cómputo alejandrino, extendiéndose poco a poco a toda Italia. Autor de una gran cultura, canonista y cronologista, supo ver la superioridad del cómputo de Alejandría. A él se debe también el cálculo del nacimiento de Cristo, y la introducción de la era cristiana, aunque cometió un notable error en ese cálculo. Tiempo después (s VII) desapareció el cómputo especial de los irlandeses y escoceses, basado en el romano y mejorado algo por Sulpicio Severo; y dejó de usarse el de Víctor de Aquitania en las Galias (en el s VIII). En España el cómputo alejandrino se generalizó después de la conversión de Recaredo.

LA REFORMA GREGORIANA

La última entrega en esta evolución histórica la supone la reforma del calendario en la época de Gregorio XIII, y su principal autor fue Luis Lilio, un profesor de medicina napolitano, aunque habían venido trabajando en esta reforma diversos autores, desde el siglo XIII.

La base es el calendario romano, reformado en su día por Julio César (calendario juliano) que daba al año una duración de 365 días y ¼, que es sólo aproximada, dando un error de un día en 128 años. Esto afectaba a la situación de los equinocios; así el de primavera, en la época de la reforma juliana (año 47 a de C) caía el 25 de marzo, en 325, cuando el concilio de Nicea, fue el 21 de marzo, y en 1582, al efectuarse la reforma gregoriana, cayó el 11 de dicho mes. El problema no parecía demasiado grande, pero de seguir así, en unos cuantos milenios, se celebraría la Pascua en verano.

Para evitar esta situación, el Papa ordenó reformar las bases del cómputo de los años, de forma que no se consideraban bisiestos los años múltiplos de 100, salvo los múltiplos de 400 que sí lo serían. Y para ajustar las cosas a los tiempos del Concilio de Nicea, ordenó suprimir 10 días de ese año, de modo que el día 5 de octubre de 1582 se consideró día 15.

Del mismo modo se introdujeron reformas en el modo de calcular la edad de la luna. Para los antiguos, un de los principios científicos más sólidos era el ciclo de Metón, según el cual la luna repetía idéntica edad en los mismos días después de 19 años, o lo que es igual, 235 lunaciones. El número que ocupaba el año dentro de este ciclo era llamado el Aureo Número, llamado así porque los calendarios solían encabezarse con este número pintado de oro o rojo. Aunque el áureo número no es más antiguo que el concilio de Nicea, se supone que el primer ciclo de Metón empezó el año anterior a nuestra era, y el novilunio ocurrió el 1º de enero. Por lo tanto para hallar en el calendario juliano el áureo número de un año cualquiera bastaba con averiguar el resto de la división de ese año entre 19 y sumarle uno.

La letra dominical, de la que luego hablaremos más, representa el día de la semana en que cae el 1 de enero. En el calendario juliano corresponde a un ciclo de 28 años. El producto de ambos ciclos 28 x 19 = 532 años, es el periodo de Dionisio, por Dionisio el Exiguo, transcurrido el cual la Pascua según el calendario juliano caería en los mismos días.

Pero el ciclo de Metón tiene su grado de error, porque en 2.500 años gregorianos, la luna verdadera adelanta 8 días a la luna calculada según aquel ciclo. Por eso hubo de corregirse esta diferencia añadiendo un día cada 300 años durante 7 periodos de 300 años, y un día para un periodo final de 400 años.

Ambas modificaciones, la del ciclo solar y la del ciclo lunar, influyeron en la epacta, la edad de la luna el primero de enero, de cuyo cálculo depende el de la Pascua. La reforma gregoriana fue aplicándose paulatinamente, primero en España, Portugal y parte de Italia, y sucesivamente en Francia, Dinamarca, los Países Bajos, y así casi todo el orbe. Los ortodoxos y especialmente los rusos no aceptan la reforma gregoriana, por lo que su datación de la Pascua no coincide con la católica.

EL CALCULO DE LA PASCUA

Como hemos señalado, desde el Concilio de Nicea, y en especial desde los trabajos de Dionisio el Exiguo, la fecha de la Pascua se calcula basándose en las siguientes reglas:

- Debe ser un domingo.

- Este domingo ha de ser el siguiente al 14º dia (plenilunio) de la luna pascual. Si el plenilunio cae en domingo, se entenderá el siguiente (para no coincidir con la Pascua judía).

- Luna pascual es aquella cuyo 14º día tiene lugar el día del equinocio de primavera o inmediatamente después.

- El equinocio de primavera o vernal tiene lugar el 21 de marzo.

Estas reglas no se refieren a las lunas y equinocios verdaderos. Se refieren sólo al cómputo establecido en el calendario gregoriano, aún cuando haya un ligero margen de error con los datos astronómicos reales. El equinocio real puede tener lugar el 20 y aún el 19 de marzo, y las lunas pueden diferir de las que resultan del cómputo eclesiástico. Pese a ello, ésta es la regla que se aplica.

De estas condiciones se deduce que la Pascua no puede acontecer antes del 22 de marzo, y eso en el caso extremo de que el plenilunio fuera el mismo día 21 y cayera en sábado; así ha ocurrido en 1598, 1693 1761 y 1818. Y tampoco puede caer más tarde del 25 de abril, si el día 21 fuera el siguiente al plenilunio, con lo que la luna pascual sería la próxima; como en esta época las lunaciones tienen 29 días (se consideran lunaciones alternativas de 29 y 30 días) este plenilunio pascual sería el 18 de abril, y si cayera en domingo, la Pascua sería el 25; en este día ha caído en los años 1666, 1734, 1886 y 1943.

EL CALCULO DE LA PASCUA POR TABLAS

El sistema ideado por Lilio para el cálculo de la Pascua, basado en la utilización de sólo dos tablas, es el siguiente:

1º - Hallar el áureo número, que como hemos visto es el resto de dividir el año entre 19 (ciclo de Metón) .

2º - Con el áureo número se determina la epacta, la edad de la luna el 1 de enero, teniendo en cuenta las correcciones gregorianas, que son fáciles de aplicar mediante tablas.

3º Conocida la epacta, hallar el primer día después del 7 de marzo en que hay novilunio, es decir, el día posterior al 7 de marzo que corresponde a la epacta del año, según las tablas.

4º Hallar la letra dominical del año (el día de la semana del 1 de enero) en las tablas, y buscar en ellas la fecha que sigue al día antes hallado que tenga la misma letra dominical. Ese día es la Pascua. Hay que hacer constar que los años bisiestos tienen dos letras dominicales, una hasta el 29 de febrero y otra desde el 1 de marzo. La que se emplea para calcular la Pascua es la segunda.

EL CALCULO DE LA PASCUA POR FORMULAS

También es posible el cálculo de la Pascua por fórmulas. No explicamos las fórmulas para el cálculo de la letra dominical y la epacta de cada año por su complejidad, aunque en realidad no hacen más que aplicar las correcciones gregorianas antes explicadas al ciclo solar y al de Metón, teniendo en cuenta que para el calendario gregoriano el primer día del año 1 habría sido lunes, y la epacta del año de la reforma, 1582, era 26, es decir, la luna tenía 26 días el 1 de enero de ese año. Conocidos ambos datos es fácil el cálculo de la Pascua.

El número de días que transcurren entre el 21 de Marzo y la Pascua, p, se acostumbra a llamar número de dirección. Como hemos visto oscila entre un mínimo de 1 y un máximo de 35. Si llamamos P al número de días entre el 21 de marzo y el plenilunio, y E a la epacta, contando los días que transcurren desde el 1 de enero es fácil demostrar que

P = 24 – E

Y en el caso de que E sea mayor que 23, añadiendo 30 días a la fórmula anterior

P = 54 – E

Del mismo modo, siendo l la letra dominical que corresponde al día en que la luna pascual tiene 15 días, se concluye que:

l = 27 – E ó bien el resto de dividir 27 – E entre 7

Y si la epacta es mayor de 23

l = 57 – E ó el resto de dividir 57 – E entre 7

Con todo ello es fácil averiguar el número de dirección, siendo LD la letra dominical del año

p = P + LD – l

Supongamos un año, el 1840, que además es bisiesto. Su letra dominical LD = 4 (osea, el 1 de enero es jueves) y la epacta es 26.

P = 54 – 26 = 28

l = resto de (57 – 26)/7 = resto de 31/7 = 3

p = 28 + 4 – 3 = 29

O lo que es lo mismo, la Pascua tiene lugar 29 días después del 21 de marzo, es decir, el 19 de abril.




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