|
© Copyright Cristian Berríos Navarro. Registro propiedad intelectual N° 127.962. 3 de Septiembre 2002. Prohibida
reproducción sin consentimiento del autor.
LA DIOSA DEL CAFÉ
Vive cuando azucaras un manto de oro y desde el fondo del pozo donde habita emanan demonios y genios desterrados. Por su corpiño las sombras de los océanos levantan sus animas en procesión interminable, y los árboles desnudan las vestimentas con el halo de su agitación. Carolina es uno de los miles de nombres tatuados en las piedras y existe desde antes que el arte de la lengua. Desquicia con pociones de hierbas y hongos subterráneos y los paladares de las víctimas quedan marcadas a fuego. Canta y las piedras se mueven contagiosas hasta el reducto mortuorio. Han arrojado en su contra centenas de escuadrones montados con aterciopelados emblemas de justicia y acaban desangrándose en un festín o colgando en capullos para deguste de los siniestros. Un vaso. Hay tanto tristeza en la apatía que en el destello de los cristales
donde ofrenda su veneno claman las voces de las víctimas que le dedican
póstumos juramentos. Bajo una cascada de cabellos fragantes apuñala con
astillas de zafiro y absorbes la melodía que desconocen las tabernas del mundo.
En un roce de labios esparce las crías que viajarán por el torrente devorando la esperanza.
Aunque un espíritu se liberara de su presidio viviría amenazado en cada sorbo. Una tarde nos sentaremos tras la barra y habrá cruzado los mantos terrestres para esclavizarnos empleando la técnica del disfraz.
Escrito en Maipú, Santiago de Chile 2005. |