Malachy
O'Mongoir nació en el año de gracia de 1094. Es decir, pertenece
a un mundo nuevo, ya que nace después de la gran conmoción del milenio,
tras haber pasado la humanidad cristiana por la dura prueba de un
fin del mundo anunciado por Juan el Apocalíptico: un terrible anuncio
que paralizó casi por completo la vida en todo el Occidente e hizo
que las poblaciones se lanzaran a la penitencia y que las orgías
se multiplicasen por todo ese orbe cristiano en la búsqueda de la
última oportunidad antes del final. Como bien cuenta Strindberg,
el asombro fue al pasar las doce de ese día último de san Silvestre
del año 1000 y ver que el mundo seguía girando sin inmutarse, ya
nada iba a ser igual.
El
pequeño Malachy tuvo también la inmensa suerte de vivir en el nuevo
mundo, en el que la confianza era algo corriente y el temor del
milenio ya no pesaba sobre generaciones enteras; su vida fue tranquila
y profundamente cristiana, con una escapada hacia la vida eremita
a los doce años en busca de la verdad divina. La estancia junto
al ermitaño Isma le ayuda a decidirse por la vida religiosa y con
su acercamiento al obispado de Armagh (en la actual región del Ulster,
Irlanda del Norte), se labra una profunda amistad entre el obispo
Celso y el joven Malachy, que se convierte en diácono del obispo.
Como
diácono, el buen Malachy se acerca cada día más a su verdadera vocación
de atención a los más necesitados y, con la enseñanza de la teología
y del catecismo, su espíritu se refuerza en la búsqueda de la verdad
divina y en el continuado estudio de la doctrina. Así a los veinticinco
años llega su ordenación sacerdotal en el año 1120, tras cinco años
de ejemplar diaconado. Malachy se va al obispado de Lismore a seguir
su labor religiosa; de allí pasa a la diócesis de Bangor, junto
al mar, y se convierte en abad de la olvidada abadía local, en donde
su vida se hace más ejemplar para los fieles, que ya empiezan a
atribuirle milagrosas actuaciones y una santidad indudable. En 1125,
Malachy es nombrado obispo, yendo a la diócesis de Connerth hasta
que la guerra destruye la ciudad y le obliga a irse a Ibrack, donde
el buen obispo pone en pie un monasterio para sus monjes, apiñados
en torno a su figura. Es nombrado obispo de Armagh por decisión
de Celso, que quiere ver reforzada la Iglesia en aquella ciudad
amenazada por la situación de guerra y confusión permanente en la
zona. Allí, en Armagh, Malachy tiene que restaurar el orden religioso
en su sede episcopal, ocupada por otros obispos nombrados por los
nobles, en oposición al Papa.
El
buen Malachy se convierte en un molesto (para el poder local) habitante
de los alrededores y el obispo rebelde, Nigel, decide acabar con
él. Las tropas que van a prenderle se encuentran con un Malachy
desarmado y sumiso que se deja capturar, pero el cielo se oscurece
y un rayo destroza al capitán de la partida. Es la señal del cielo
y los soldados, aterrorizados, vuelven a Armagh a difundir el prodigio.
Nigel, abandonado por todos, abandona la villa y Malachy entra,
en olor de multitudes, en su ciudad de Armagh; pero ya ha decidido
dejar la pompa y el boato y, tras nombrar sustituto, se reserva
la más modesta sede de Down. Desde allí planea su viaje a Roma,
para pedir a la Santa Sede que Irlanda, la fiel Erín, tenga arzobispado
y la máxima categoría dentro de la Iglesia. En 1138 parte para Roma
y llega tras un año de viaje a postrarse a los pies de Inocencio
II, quien le concede el rango arzobispal para su Irlanda. Vuelve
a Armagh y desde allí recorre la isla entera, dando nuevos bríos
a la iglesia irlandesa.
Ya
en los últimos momentos de su vida, Malachy se vuelve a un punto
querido, al monasterio del Císter en Clairvaux, donde ha querido
retirarse para vivir en la modestia de la orden, junto a su amigo
Bernardo, otro santísimo varón con quien pasará sus postreros momentos,
muriendo el 2 de noviembre de 1148.
Se
dice que Malachy, el futuro san Malaquías de los cristianos, avisó
a san Bernardo, su amigo, que Dios le había concedido morir en la
festividad de Todos los Santos para acabar con todos los vestigios
de su terrena vanidad. Tal es su único deseo: purgar el posible
pecado de haber sido orgulloso defensor de la doctrina que el enseñó
y aprendió desde niño.
Gentileza:
www.geocities.com
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