Brión (Ferrol), Agosto de 2.003. El combate. Carta desde San Felipe.

Galería 16.

Castillo de San Felipe, cerca de Ferrol. 26 de Agosto de 1800.

Queridísima Carmen:

Te preguntarás porqué te escribo desde este sitio que está tan lejos de nuestro hogar. La respuesta es que a mi compañía y a mí nos enviaron hace unos días a este castillo para reforzar su guarnición. Corría el rumor de que los ingleses iban a atacar el arsenal de Ferrol, y a fin de reforzar las defensas de la ría los mandos nos enviaron a este castillo a dos baterías del 4º regimiento de artillería de La Coruña, un escuadrón de Húsares de Iberia también de La Coruña, una compañía de Tiradores del Bierzo, y a mi compañía. Además teníamos para la defensa a un grupo de civiles armados de la milicia de La Albuera (Badajoz). A nosotros nos tocaba guarnecer este fuerte y defenderlo de cualquier enemigo. Tan lejos o tan cerca. Nosotros somos soldados y cumplimos con nuestro deber y con la fidelidad que debemos al Rey N.S. (q.D.g.) bajo cuyas banderas servimos.

Aquí en el castillo la vida no es mala. Desde luego el rancho es mejor que el del cuartel de Madrid. El clima ha estado bueno. Mala señal. Nos hubiera venido bien alguna tormenta para que los barcos ingleses se fueran al fondo.

Al fin, después de varios días de espera los húsares en un reconocimiento nos dijeron que el enemigo había desembarcado en una playa al norte, y que ya se aproximaban al pueblo de San Felipe. El mando decidió entonces que hiciéramos una salida ya que no confiaba en que tan poca guarnición como somos pudiera defender un asedio al castillo.

Y así, el 23 de Agosto pasado, tras formar en el patio, izar nuestra bandera y rendirle homenaje, se nos ordenó salir del castillo para repeler al inglés. Marchamos animosos cantando la canción de batalla que improvisamos el día antes:

Por la mañana
haciendo instruccio-o-ón
y por la tarde
haciendo instruccio-o-ón
y por la noche
haciendo instruccio-o-ón
todos los días
haciendo instruccio-o-ón.
Mi sargento me confunde.

Se iza en el castillo la bandera rojigualda de fortaleza y la morada con las armas del Rey N.S. Carlos IV.

A poco de llegar al pueblo de San Felipe escuchamos el tiroteo de los ingleses con nuestra vanguardia. Estaban más cerca de lo que creíamos. Al cabo los vimos acercarse por la calle. Nos dimos cuenta de que eran más que nosotros. Allí había lo menos un batallón entero de ingleses si contamos que además con ellos venían marinos portugueses de su escuadra que habían echado pie a tierra para combatir contra nosotros. También había entre ellos una unidad con casaca de color verde. Era la primera vez que yo veía un regimiento inglés con esos colores. Hubo quien flaqueó al verlos tan numerosos, y no se lo reprocho.

Pero nosotros también somos soldados. Formamos una línea de tiradores en las calles del pueblo con los Tiradores a la izquierda y nosotros a la derecha. Algunos artilleros, fusil en mano, se dedicaron a emboscar a los ingleses en los cruces de calles. Así ganaban tiempo para que pudiéramos replegarnos y recomponer nuestras líneas tras cada descarga. No esperábamos detener a los ingleses, sino sólo frenarlos.

En las calles de San Felipe, listos para recibir al enemigo.

Prosigue el combate por las calles de San Felipe. La presión del enemigo hace que nos vayamos replegando.

Los ingleses, y a la derecha un portugués, enzarzados a tiro limpio con nosotros por las calles del pueblo.

Tras un rato de combate que se antojó inacabable, llegamos a la explanada frente a la puerta principal del castillo. Ahí arreció el ataque inglés. Los Tiradores se desplegaron en guerrilla a nuestra izquierda para castigarles el flanco. Nosotros hicimos una carga contra ellos para frenar su ímpetu, pero a poco no salimos trasquilados. Nos rechazaron. Yo me ofusqué tanto en el cuerpo a cuerpo que me metí entre las líneas enemigas. Cuando gritó retirada nuestro capitán, me hallé rodeado de enemigos, y de no ser porque mi sargento me agarró de la casaca y tiró de mí allí hubiera quedado prisionero o quien sabe si muerto.

Ya cerca de la explanada frente al castillo. ¡Si hasta las mujeres nos disparaban! Puedes hacerte una idea de lo recio del combate por ello.

Y enfrente, nosotros, junto con los Tiradores del Bierzo (a la derecha), defendiendo la explanada frente a la puerta.

¡Toma descarga! Los ingleses no se fueron de vacío.

Y seguían avanzando. Al frente, actuando de guerrilla, los portugueses.

Para remediar el descalabro los húsares cargaron contra los ingleses. Antes no habían podido actuar porque por las calles del pueblo no podían ir sino en fila india. Pero ahora las cosas eran distintas y lanzaron una carga contra el enemigo. Así logramos, gracias a ellos, retroceder hasta la puerta. Pero no sin mengua, pues los ingleses hirieron a mi capitán y al municionador del regimiento. Pudimos recogerlos y meterlos en el castillo.

Los Húsares de Iberia preparándose para cargar contra los ingleses. Detrás de ellos, los artilleros sitúan una de sus piezas para defender la entrada.

Los artilleros habían preparado un cañón justo en la puerta del castillo y lo iban a disparar. Nosotros pasamos por detrás de ellos y nos ordenaron vigilar las aspilleras del muro para que los ingleses no disparasen a través de ellas.

El cañón hizo fuego, llenando toda la explanada de humo y metralla. Aquello sin duda refrenó a los ingleses. De hecho los ingleses cesaron en su avance hasta que los artilleros retiraron el cañón dentro del castillo, porque aquello era sólo otro medio de ganar tiempo. Pero antes de retirarse tuvieron ocasión de hacer buenos estragos entre las filas enemigas.

Sólo los artilleros cubrían entonces con fuego la línea enemiga. Listos para disparar.

Pese a todo, con mucho valor, los ingleses avanzaron. De repente, al mirar por mi aspillera, vi al otro lado a un portugués, a un capitán inglés y a otro soldado inglés. Sin pensarlo, disparé mi mosquete contra ellos. Menos mal que lo tenía cargado y a punto. De lo contrario, los ingleses se hubieran colado por allí. Y te puedes creer, querida Carmen, que pese al fuego, los ingleses se quedaron allí a ver si yo me marchaba. En efecto tuve que retirarme, porque los artilleros cerraban ya la puerta del cuerpo de guardia, la segunda del castillo. La primera, la cancela metálica que da al exterior, estaba a punto de caer en manos de los atacantes.

La cancela metálica vista desde el cuerpo de guardia. Los artilleros siguen haciendo fuego. Detrás, a la expectativa, cantineras, dos Húsares de Iberia y a la derecha uno de nuestros aliados franceses.

Los ingleses entraron en el castillo y de inmediato atacaron la puerta del cuerpo de guardia con granadas. Esta puerta aguantó poco tiempo pero dio tiempo a que los artilleros les prepararan una nueva descarga de metralla apenas franquearon el umbral. Los ingleses dudaron, y eso dio tiempo a que los artilleros se retiraran dejando tras de sí abandonada la pieza. Nosotros les cubrimos la retirada con descargas de fusilería mientras paso a paso íbamos hacia atrás. Los artilleros pasaron entonces al patio exterior del castillo, cerrando tras de sí la puerta que comunica éste con el camino al cuerpo de guardia. Mientras, los Tiradores y nosotros habíamos ocupado el adarve que se encontraba sobre esta puerta, y desde allí tirábamos contra los ingleses, aún no repuestos de la descarga a quemarropa del cañón.

La puerta del cuerpo de guardia, cerrada a cal y canto, mientras los artilleros preparan la pieza con la que van a recibir a los ingleses.

A punto de ceder la puerta. Nosotros aguardamos detrás de los artilleros para repeler el avance.

La puerta ha cedido. Los artilleros se retiran; nos toca el turno a nostros. 

He de decirte que en esta defensa de la puerta del cuerpo de guardia sufrí una herida leve en un pie. parece una chanza si te tiene en cuenta lo violento del combate, pero lo que pasó fue esto: tropecé con las jambas metálicas de las puertas y me hice daño en un dedo, tanto, que empecé a cojear. Pero eso no me inhabilitaba para el combate, y seguí en el baile con mi camaradas.

Hay que reconocerlo, los ingleses le echaron redaños a la cosa. Mientras los portugueses y una de sus compañías nos tiroteaban, otra compañía suya avanzaba para atacar la puerta con granadas. Al pronto esta otra puerta, bastante floja, estaba a punto de ceder.

Los ingleses se han hecho con el cuerpo de guardia y siguen avanzando. Estos son del 71st Highland Light Infantry.

Y seguían avanzando. Los portugueses les hacían de fuerzas de escaramuza. En el centro, con casaca verde, un sargento del 95º de fusileros.

Estando en el adarve una bala alcanzó al subteniente abanderado de los artilleros, que se había expuesto demasiado, y le derribó. Un oficial de mi regimiento le auxilió y mientras tanto yo sostuve en alto la bandera para que no cayera y creyeran los enemigos que la victoria era suya.

Tras ello, en previsión de que la puerta cediera, mi capitán ordenó bajarnos del adarve para no dejarnos atrás y porque además nos necesitaban para frenar a los ingleses. Los ingleses al pronto rompieron la tercera puerta, y fueron recibidos calurosamente con una descarga de metralla de los artilleros, pero esta vez los ingleses no flaquearon y tuvimos que entrar cuerpo a cuerpo con ellos para permitir al cañón retirarse al patio de armas.

Los ingleses están a punto de romper la puerta de acceso al patio exterior. Los artilleros del 4º regimiento están listos para recibirles calurosamente.

Sigue un feroz y confuso cuerpo a cuerpo en el que nosotros nos llevamos la peor parte.

Al final el patio externo es suyo y desde ahí se preparan para seguir avanzando.

Aquélla ha sido la peor escaramuza que he combatido. No había orden ni distinción entre la tropa. El enemigo podía estar en cualquier parte. Tuve que emplearme duro para salvar el pellejo. Además, y aunque esté mal el decirlo, salvé a un teniente de artillería de que en aquel fregado le atravesara un portugués. Hecho esto, me di cuenta de que mi capitán estaba en apuros, rodeado de enemigos que querían capturarle. Un artillero y yo nos lanzamos a salvarle, y lo hicimos aunque a costa de mucho trabajo y combate. Al fin, un poco magullado, pero contento por haber salvado a dos oficiales, me retiré (el último de mi compañía) al patio de armas. Detrás, sin saberlo, dejamos en el adarve a mi camarada Arsenio, que se había visto rodeado de ingleses.

Llegado al patio de armas vi que los artilleros habían colocado allí su cañón rodeado de sirvientes con fusiles. Iban a vender caro el acceso al patio de armas, y era normal porque detrás de aquel patio ya no había ni más puertas ni más patios. Allí íbamos a vencer o morir.

Mi capitán me ordenó que subiera a la batería alta, desde la que se domina tanto el patio exterior como el de armas, para que tirotease a los ingleses lo que pudiera. Conmigo subieron otros camaradas.

Ya en la batería hice lo que pude por molestar a los ingleses tirando contra ellos. Parecía que los ingleses hacían un alto para recobrar el aliento, puesto que no avanzaban. Sin embargo se trataba de una estratagema. A punto estuvimos de perder el combate en ese momento. Resulta que al dominar el patio exterior los ingleses dominaban el acceso a la galería cubierta que desemboca en el patio de armas. Y una compañía de sus soldados se introdujo en la galería con la intención de sorprender por la espalda a los artilleros. Casi lo consiguen. Los descubrió a tiempo la tropa de los Húsares de Iberia que, desmontados, estaban en el patio de armas. De inmediato se lanzaron a tapar el acceso al patio, so pena de tener que rendirlo. Esto demostraba mucho valor, pues los húsares no tenían armas de fuego sino sólo las espadas. Con la ayuda de mi sargento, que le echó también agallas, los ingleses se vieron contenidos. desde la batería yo cambié a disparar a los ingleses de la galería. Tras un par de descargas los ingleses se vieron en situación apurada, y se retiraron de vuelta al patio exterior.

Desde la batería alta le mostramos la bandera al enemigo mientras les tiroteamos a conciencia.

Aquí estoy yo disparando al enemigo que había asomado la nariz fuera de la galería cubierta.

En ese momento aprovecharon los artilleros para lanzar la metralla a cañonazos contra los que allí estaban. Me ordenaron bajar de la batería, porque tras uno de los cañonazos nos tocaba cargar contra los ingleses del patio exterior.

Ver de cerca un cañonazo es algo que impresiona. Verlo a sólo dos pasos, casi asusta. De repente todo el aire se llenó con el ruido de un estampido y con el humo de la pólvora, como si uno estuviese dentro de una tormenta, de estas que están formadas por nubarrones negros, mientras resuena el ruido de un trueno. Y además el olor de la pólvora ofende al olfato, aunque ya estuviera acostumbrado a la pólvora con los tiros previos. En medio de aquel humo asfixiante recibimos la orden de avanzar hacia el patio exterior.

Cogimos a los ingleses aturdidos por el cañonazo y además muy maltrechos por las descargas previas. Pese a ello lucharon duramente. Vi a un trompeta luchar con las manos desnudas, a mordiscos. casi le arranca a mi capitán una de las charreteras. Le echaron redaños, pero cedieron. Cerramos las puertas del patio exterior y luego subimos otra vez al adarve para tirotearlos en su retirada hasta el cuerpo de guardia. 

Así estuvimos peleando un rato hasta que los ingleses decidieron que ya tenían bastante, y se retiraron del castillo y de San Felipe. Al poco encontramos aún vivo a nuestro compañero Arsenio, que había pasado un mal rato, pero al creerle muerto los ingleses, le dejaron en paz.

Aquella noche nos dijeron que los ingleses reembarcaban. Al parecer tampoco habían tenido suerte en los combates por Ferrol.

Así pues, por la noche celebramos dentro del castillo una pequeña fiesta con los civiles armados de La Albuera y sus mujeres, y con nuestros aliados franceses, y también con paisanos que vinieron de Ferrol a celebrar la victoria, y a la cabeza de ellos el corregidor de la población.

Algunas de las bellas mujeres de La Albuera, por la noche, en el patio de armas. No tienes porqué preocuparte, Carmen, yo sólo te quiero a ti.

Estoy muy cansado para seguir escribiendo. Te envío ésta con la próxima posta. Espero poder abrazarte muy pronto. Con cariño

José, fusilero de la 1ª compañía del 2º batallón del 1º de Voluntarios de Madrid

Post-scriptum: La herida del pie marcha bien, pero tengo que andar con ojo para que el médico del regimiento no me ampute el dedo, que es la solución que tiene para cualquier herida.

Post-post-scriptum: Me acabo de enterar que el regimiento inglés de casaca verde es el 95º regimiento de fusileros, que han luchado por primera vez en su historia aquí contra nosotros. Pues que les sea enhorabuena el estreno.

Acabado el combate, los británicos forman en el patio de armas del castillo de San Felipe.

Los portugueses y las mujeres, siendo revistados por el sargento de los "green jackets".

Los Tiradores del Bierzo, a la derecha de la imagen. A continuación hacia la izquierda, nuestro médico, nuestro municionador, y la fuerza combatiente de los Voluntarios de Madrid en esta recreación.


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