A Virgiliu Zbăganu,
in memoriam
El
siglo XXI será comunista o no será
por Virgiliu Zbăganu
Edición
a cargo de Gheorghiţă
Zbăganu
Prefacio
de Eugen Florescu
Epílogo
de Silviu Şomîcu
La
presente es una traducción del rumano de una compilación de artículos
escritos por Virgiliu Zbăganu en la prensa y entrevistas que le fueran
hechas entre 1990 y 1992, compilación que se publicó con el nombre de El
siglo XXI será comunista o no será, en la editorial Planeta, Bucarest, en
el año 1994. La única diferencia respecto al original es que aquí se omite el
último artículo de la compilación. En la edición rumana de 1994 se añade:
“Este libro ha sido editado con el apoyo del señor Gh. Sârbu”. (N. del
t.)
Prefacio
He aquí
un libro cuya aparición marca felizmente una evolución absolutamente necesaria
en la vida de una Rumania empujada brutalmente (luego de diciembre de 1989)
hacia una locura total cuyos principales actores han demostrado ser, en
especial, los descendientes de unos partidos con pretensiones de liberalismo,
pero, ¡ay!, con un abominable deseo de asfixia intelectual y con un fantástico
apetito de trepar, solos, a los púlpitos de las prédicas para el siglo XXI.
Después de las bandas que asaltaron librerías y devastaron bibliotecas en aquel diciembre llamado “revolucionario”; después de que unos ocultistas se hubieran autoinstalado en la Casa de la Chispa, nombrándose ministros de cultura, y procedieran a la emisión de órdenes hitleristo-stalinistas de purga de libros (vergüenza que no conocía ni siquiera el país de Mandela en este fin de milenio); después de que nuevos Goebbels se agolparan en las editoriales del Estado, confiscándolas y solicitando la movilización de las marionetas del pasado bajo la monstruosa consigna de la “unidad por el odio”, individuos que, declarándose filósofos, se abalanzaron sobre los libros de escuela implantando la irracionalidad y extirpando a Marx; después de otros cientos de miles de otros hechos relevantes para el grado de degradación cultural que unos ostentaban con pretensiones de cultura, he aquí que las cosas empiezan a regresar a la normalidad.
No
plenamente. No fácilmente. Porque los fanáticos están todavía en sus
posiciones. Porque en el proceso del saqueo, su primer objetivo fueron los
medios de comunicación, los medios de difusión y prensa y, por supuesto, los
lugares desde los cuales se puede ejercer tranquilamente la censura, el bloqueo
o la marginalización de sus adversarios.
Pero las
barreras no podían durar más. Porque no encaja con la naturaleza de las cosas
que la sociedad acepte la inquisición por mucho tiempo, cualquiera que sea su
contenido ideológico. Pero también porque, casi siempre, en tales épocas
sombrías la colectividad saca al frente a sus temerarios, los espíritus que
ponen un signo de interrogación a todo y que no están dispuestos a aceptar
eternamente lo miserable. Y, por más vergonzosa que haya sido la maniobra de
los que habían intentado intimidar a sus adversarios, pidiéndoles que se
callen, los que han permanecido dignos no fueron pocos, y uno de ellos se llamó
Virgiliu Zbăganu.
A él le
debemos las presentes páginas, que no son sino la prueba milagrosa de que la
mente limpia, sana, no se deja embarrar por nada. Su padre era del Banat, y su
madre de Vrâncea; él había nacido a las orillas del Timiş, el 10 de
junio de 1954, a un año y medio de la muerte de Stalin. Hecho que le daba una
serenidad terrible en lo que concierne a su “relación”, como miembro del
Partido Comunista Rumano, con los hechos reprobables de una cierta parte de la
historia de esta formación política. “Fuimos la tercera generación
poststalinista”. “Nosotros no matamos a nadie en el Canal”, declaraba él
con firmeza, ya en 1991. “En cambio yo, el 21 de diciembre [de 1989], estuve a
un paso de ser matado”. De este modo, su alejamiento de cualquier práctica
antidemocrática que había tenido lugar bajo la máscara de la idea comunista
es total. Él se había preparado para servir a las ideas socialistas, era
ingeniero y cursaba estudios en una segunda facultad, sin estar de acuerdo, sin
embargo, con las deformaciones totalitarias, prueba de que en el momento del
levantamiento popular de diciembre se encontraba en las primeras filas en el
Intercontinental. Aunque había estado al borde de la muerte, él permaneció lúcido.
“El juicio al comunismo lo haremos nosotros”, declaraba él a un periodista.
“Analizando lo que estuvo mal, pero también lo que estuvo bien. Esto es lo
que hay que analizar. Veamos qué fue limpio y qué fue sucio, sin arrojar al niño
al mismo tiempo que el agua”. Iba con lucidez hasta tal punto que, criticando
duramente a Ceauşescu, tenía la fortaleza para decir: “No todas las
afirmaciones hechas por Ceauşescu fueron erróneas”.
Virgiliu
Zbăganu demuestra ser, de este modo (sobre todo en estas etapas de deslices
en partidarismos estúpidos, lo que el presente libro demuestra con brillo), una
gran conciencia. “Él fue de aquéllos que han sabido ver/ No sólo su
harina de la caja”, como decía un gran poeta. El fue, por sobre todas las
cosas, un hombre que no ha traicionado. Cuando muchos de los que se hacían
los comunistas terribles habían escapado al instante, bruscamente, cuando ideólogos
que te habrían comido por cualquier idea no ortodoxa temblaban de miedo bajo
las mantas, él, Zbăganu, muestra que la cobardía no era el rasgo
definitorio de su carácter. Fue con el espíritu en alto hasta el punto de que,
sin haber tenido ninguna responsabilidad en las filas del partido antes de 1989,
estimó necesario considerarse uno de los obligados moralmente a asumir la
responsabilidad, sea triste o placentera, del portaestandarte, el 22 de junio de
1991, haciendo pública la decisión de conducir el grupo de reorganización
del P.C.R.
La decisión
tomada por Virgiliu Zbăganu en este sentido se ve claramente en este libro;
la idea de reorganizar el P.C.R. derivaba, como se expresaba él en octubre de
1991, del “desastre en que se encuentra, en el momento actual, nuestro país”.
Consideraba que las grandes masas trabajadoras tienen que ser concientizadas y
organizadas para salir de este desastre. Partía, en su acción, de la primera
gran mentira que lanzaron las fuerzas de derechas, viciando la realidad con el
objetivo de manipular a las multitudes: la de que la revolución de diciembre
habría tenido desde sus orígenes un carácter anticomunista. “Falso”,
indica él, en calidad de testigo ocular y aduciendo como prueba los nombres de
los hombres que habían estado a su lado. “Nadie gritó el 21 de diciembre de
1989 «queremos capitalismo, queremos pobreza, queremos desempleo, queremos ser
despreciados». Es más, el 23 de diciembre, en la fachada de la Fábrica de Mecánica
Fina”, de donde salió la primera columna obrera en la noche del 21 al 22 de
diciembre, “ponía: «La fábrica es nuestra», y no «Queremos que nos
privaticen la fábrica»”.
Me encontré
varias veces con Virgiliu Zbăganu en los años 1991 y 1992. Hemos mantenido
juntos unas conversaciones amplias, destinadas a la publicación, que se
encuentran en este volumen, y lo ayudé a editar, en el marco de la revista Democracia,
el primer número postdecembrista de la revista La Chispa. Me impresionó
en él la vastedad y la profundidad de su formación política, filosófica e
histórica, junto a la frescura y la sinceridad del modo de abordar cada
problema, cualidades que le daban una capacidad especial de objetividad en el análisis
de los hechos y de los fenómenos sociales.
Nadie
planteó como él, por ejemplo, el problema de la separación neta de las aguas
en dos: entre la teoría socialista y comunista de Marx y la práctica
totalitaria stalinista. El identificar la teoría de Marx con sus
falsificaciones es posible, en su opinión, “sólo si tenemos un sistema de
falsificación de la historia bien puesto a punto”. ¿Paradoja? Virgiliu Zbăganu,
que había asumido la tarea de reorganizar el P.C.R., se declara de acuerdo con
la consigna “¡Abajo el comunismo!”, pero ¿en qué sentido? Si partimos,
decía, de “la noción confusa de comunismo, que significa: lo que ha
habido antes, es decir, el sistema totalitario, la dominación del partido
único, con estructuras internas no democráticas, que no favorecían la
dictadura de las masas, sino la de un número reducido de personas, con una
economía fuertemente estatizada, que transforma el servir al Estado en la única
fuente de existencia”. Estaba convencido de que en la única experiencia de
construcción socialista se marchó según un solo modelo, el soviético, que
tenía en sus bases el sistema totalitario. Pero, precisaba él, no
encontraremos en la ideología comunista las fuentes de este modelo totalitario.
“Si esto es comunismo”, declaraba Virgiliu Zbăganu, “entonces
nosotros, los comunistas rumanos, ¡hemos sido siempre anticomunistas!”.
Lo que había
que liquidar, afirmaba con firmeza Virgiliu Zbăganu, era el sistema
totalitario y no la atracción de las masas hacia el poder. El pueblo rumano es
un pueblo de izquierdas, opinaba. Es un pueblo pobre. La derecha no puede tener
su base en las masas. De este modo, es memorable su apreciación: “Si los
hombres de calidad son de derecha, esto no es sino una tragedia”. Porque la
derecha no puede asegurar la evolución positiva de nuestro país. Y porque no
se puede hablar de democracia sin la izquierda.
Rechazando
las insinuaciones de acuerdo a las cuales el totalitarismo sería un rasgo
obligatorio de la aplicación de la teoría marxista, insinuaciones lanzadas por
aquellos que quieren comprometer el comunismo, Virgiliu Zbăganu se esforzó
en demostrar que, por el contrario, el P.C.R. no es ipso facto un partido
de “extrema izquierda”. “La fórmula extrema izquierda”, me decía
muy racionalmente, en el marco de una de las conversaciones comprendidas en este
volumen, “designa un movimiento insurgente, que rechaza el marco democrático”,
precisando que “ninguna de estas características se encuentra en el Programa
ni en los Estatutos del P.C.R.”, así como los había concebido el grupo de
iniciativa conducido por él.
Extraordinariamente
exactas, así como se verá también en el libro, son las apreciaciones que
Virgiliu Zbăganu realizara respecto a los problemas económico-sociales de
base del mundo contemporáneo, como también en la relación con la situación
actual y el futuro de Rumania. En una época en la que hasta los economistas con
pretensiones repetían como loros las fórmulas-acusaciones del tipo “los
errores” de haber pagado las deudas, de haber construido una industria
poderosa, de haber hecho hincapié en la construcción de viviendas, etc.,
Virgiliu Zbăganu estaba al lado de los que tenían el coraje del abordaje
científico. “Nosotros decimos”, declaraba, “basados en conclusiones científicas
exactas, que para un país pobre la deuda es una carga, mientras que para un país
rico es una simple bagatela. Por lo tanto, los problemas se plantean de modo
diferente. A los pobres la deuda los arruina. A los ricos los favorece. ¡Ésta
es la verdad! El ejemplo de los Estados Unidos, que tiene también,
supuestamente, deuda. ¡Por favor! La deuda estadounidense la pagan de hecho los
países pobres. Sólo para los ingenuos esto no está claro. En lo que concierne
a países como Rumania, las cosas se presentan de modo totalmente diferente. No
podemos admitir las mistificaciones por medio de las cuales se nos intenta
cegar, hoy. Existe, y no sólo en países como el nuestro, un «umbral del
peligro», en el caso de la deuda. Los economistas lo conocen. Para nosotros, se
encuentra en el límite de varios billones. Hemos vivido, hemos sentido este
umbral. ¿Cómo es posible, entonces, que nos comparen con los Estados Unidos?
Allí el umbral del peligro es muy otro. ¿Acaso creen que somos tontos?”.
No, a él,
a Zbăganu, no lo consideraban tonto. Por eso, mientras que olas de
“economistas” desfilaban por la pantalla chica, el medio de información más
difundido, para “demostrar” a los rumanos por qué tenemos que endeudarnos,
Zbăganu no fue invitado jamás. Su voz no tenía que oírse. Teníamos que
ser empujados hacia el “umbral del peligro”, así como no debían conocerse
sus réplicas tan tajantes, por demostración científica, referidas a la
destrucción de la industria rumana, o a las interpretaciones groseras de la
economía de mercado, a la cual consideraba “identificada abusivamente con el
capitalismo”. “No estamos a priori en contra de las
privatizaciones”, decía, “pero estamos sin embargo en contra del abordaje
primitivo y deshonesto”, así como le parecía que procedía Petre Roman.
Virgiliu Zbăganu fue de los primeros que rechazaron, aquí en Rumania, la
“terapia de shock”. También él fue el primero en apreciar mediante el cálculo
el tiempo de caída económica de Rumania. Cuando, en la revista Democracia,
publiqué su apreciación respecto a que el regreso al nivel del año 1989 no se
podrá lograr antes del año 2010, el periodista Ion Cristoiu le preguntó muy
sorprendido sobre esto en una conferencia de prensa en Cotroceni a Ion Iliescu.
La respuesta fue que el señor presidente no había leído semejante apreciación.
Luego se confirmaría sin embargo que no era Virgiliu Zbăganu quien erraba.
Sino otros.
¡Casi un
cuarto de siglo, pues, no de estancamiento, sino de derrumbe, recaen sobre los
hombros de los rumanos! ¿Era entonces caprichosa la opinión de Virgiliu Zbăganu
respecto a que hay “una trágica necesidad de un Partido Comunista”? Un
partido que diga la verdad y que no se deje intimidar ni de las acusaciones que
se le dirigían (mientras que otros partidos no asumían ningún tipo de
pasado), ni de los nuevos amos del mundo, terriblemente brutales al imponer
estas teorías. Que están lejos de ser las mejores.
En lo que
concierne al Partido Comunista Rumano, Virgiliu Zbăganu no admitió en ningún
momento su desaparición. “¡Sí, existe!”, declaraba él ya en 1991. “El
Partido Comunista existe no sólo de facto,
sino también de jure. De jure porque no existe ningún
documento jurídico que haya interrumpido su actividad; de facto porque
miles de comunistas honestos han conservado sus carnés y se siguen considerando
comunistas. Además de éstos, existen cientos de miles de comunistas que no han
tenido jamás carné”.
Por ello
la idea de reorganizar el Partido Comunista, y no de refundarlo.
Idea
fuertemente presente en este libro, compuesto por los textos publicados por
Virgiliu Zbăganu entre los años 1990 y 1992, o que han quedado en
manuscrito y que constituyen una prueba perentoria de que hombres
extraordinarios fueron aniquilados simplemente por parte de unas mediocridades
surgidas después de la vuelta (¡qué triste constatación!) de… la época de
la democracia.
“El
siglo XXI”, decía él (y esta idea ha dado el título al presente volumen),
“será comunista o no será”. ¡Qué cálculos complicados, qué
responsabilidades pesadas están comprendidas en esa idea! “El hombre es
comunista genéticamente”, declaraba el joven ingeniero que creía en otra
cara de la revolución y argumentaba: nacemos con la idea de la igualdad, de la
justicia, de la libertad, con el espíritu de colectividad, de alegría entre
los hombres y no contra ellos.
¿Apreciaciones
y aspiraciones idílicas? El tiempo va a verificar el pensamiento de Virgiliu Zbăganu.
No es necesario, sin embargo, estar completamente de acuerdo con él para darse
cuenta de que en estos cinco años que han pasado desde los acontecimientos de
diciembre de 1989, ha aparecido y se ha apagado entre nosotros la estrella de un
verdadero hombre político. Un espíritu lúcido, un gran carácter, un hombre
que no traicionó sus ideales de socialista, un denunciante de dogmas, de
dondequiera que éstos vinieran, un ardiente patriota, un portador de bandera
hacia lo que Panait Istrati, su escritor favorito, llamaba “otra llama”.
Eugen
Florescu