Santiago Zamarreño nos envía algunas tradiciones escritas por su madre para que las pongamos en la sección de tradiciones. Muchas gracias, Santiago.
Del libro "Mi vida, mis recuerdos", de Juana Domínguez Luis
Los carnavales también eran prioritarios. Se disfrazaba la gente, y desde el día de San Sebastián ya se sacaban las ropas antiguas, sayas estampadas y mantón de ramo en colores. A mí me gustaba mucho ponerlos y, hasta que fui mayor, mi madre me ponía la saya debajo de los brazos, porque me arrastraba; luego, a la cintura, me ataba un cinturón, y yo, tan contenta, me iba a bailar.
Había costumbre de vestirse con sacas llenas de heno. Allí, para acarrear la paja de las eras, se utilizaban sacos hechos de lino, tejido en telares de allí. Se metía un chico dentro y otro llenaba la saca, quedando los brazos y las piernas libres; luego, le ataban una soga a la cintura con unas cencerras; esa soga servía para poderlos levantar si se caían (que pasaba con frecuencia), porque otro, disfrazado de toro, así lo hacía. A todos los niños nos daba miedo y cuando oíamos los cencerros, corríamos a refugiarnos entre la gente mayor.
Eso se hacía más el Martes de Carnaval. Por la mañana, a toque de reloj, se reunía la gente en la plaza, para ir a arreglar los caminos. Llevaban una garrafa grande de vino, y la gente, a medio día, comía bacalao. Venían tan alegres, que les duraba toda la tarde, sin pasar frío y seguían la juerga. Yo no he vuelto en carnavales, pero me parece que ha perdido un poco esa diversión. También existe la costumbre de antrojar el puchero a las amas de casa, poníendole un trozo de zanahoria, chorizo, nabos, etc. en un descuido de éstas.